GRUTA DELOURDES FRANCIA EN VIVO

SATÁN ENTRONIZADO EN EL TEMPLO SANTO" SE ARRODILLA ANTE HEREJES QUE ODIAN A LA MADRE DE DIOS



EN VIVO

SLIDERS

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martes, 25 de agosto de 2015

"YO SOY LA MUJER VESTIDA DE SOL Y POR LO TANTO, SOY LA SEÑAL DE LA VICTORIA DE USTEDES". CONVIÉRTANSE YA, PORQUE CUANDO MIS SECRETOS COMENZAREN A SUCEDER, ELLOS NO PERMITIRÁN MÁS QUE LAS PERSONAS VENGAN HASTA AQUÍ, PORQUE EL MUNDO ESTARÁ EN GRAN TRIBULACIÓN Y CONVULSIÓN.





Mensajes De Dios Al Mundo a través de su profeta: Marcos Tadeu


Jacareí, 16 de Agosto del 2015
Transmisión de las Apariciones Diarias en vivo vía internet en la WebTV mundial: www.apparitionstv.com


Fiesta De La Asunción
 De Nuestra Señora

MENSAJE DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA


Mis Queridos Hijos, hoy, cuando ustedes celebran aquí la Fiesta de Mi Asunción en cuerpo y alma al Cielo, vengo a decirles que:

"Yo Soy la Mujer Vestida de Sol
y por lo tanto,
Soy la señal de la victoria de ustedes".



Fui concebida sin pecado original y por lo tanto, ya en Mi Inmaculada Concepción aplasté la cabeza de Satanás, pues, mientras él dominaba a todos los seres del mundo que estaban debajo del pecado original y por tanto, también debajo de su esclavitud.


 Yo nací libre, libre de su esclavitud, de su influencia, de la esclavitud del pecado, por lo tanto, ya, nací vencedora de Satanás.

Y después en Mi Asunción en cuerpo y alma al Cielo, aplasté nuevamente a Satanás porque él se enorgullecía tanto de haber conseguido hacer que Adán y Eva pecasen, desobedeciesen a Dios y a través del pecado original, haber cerrado para sí y a sus descendientes las Puertas del Paraíso.

Él que se enorgullecía de haber desgraciado a toda la raza humana y de haber impedido que toda la raza humana pudiese algún día ver a Dios cara a cara en el Cielo, fue bárbaramente humillado viéndome a Mí, María, una hija de Adán y Eva subiendo al Cielo en cuerpo y alma, para allí ser entronizada a la derecha del Señor en Gloria y Majestad.




¡Oh Mis Hijos! No pueden imaginar la humillación de Satanás al verme a Mí, una criatura, una hija de Adán y Eva subiendo al Cielo en cuerpo y alma para allí recibir de nuevo aquella Inmortalidad, aquella Gloria, aquella Perfección, aquella Unión con Dios que Adán y Eva gozaban antes del pecado.  
En Mí, en Mi Asunción al Cielo, Satanás finalmente vio destruido todo aquello que él hizo, la desgracia en la cual él hizo que Adán y Eva, y todos sus descendientes cayeran al cometer el pecado original.  

Satanás vio finalmente su obra totalmente destruida al verme al lado de la Trinidad, Coronada Reina del Cielo y de la Tierra.

Por eso, Mi Asunción al Cielo es la señal de Mi Victoria Definitiva sobre Satanás y es también la señal de la victoria de ustedes.


Mi Asunción es la señal de Mi Victoria sobre Satanás porque Yo al subir al Cielo en cuerpo y alma, y allí ser Coronada, aplasté su soberbia cabeza del modo como arriba expliqué, o sea, cuando él Me vio, una hija de Adán y Eva concebida sin pecado, subiendo al Cielo en cuerpo y alma, y entrando allí en aquel Paraíso por aquellas Puertas Celestiales que él a través del pecado original había cerrado para toda la raza humana, allí él fue humillado.



Satanás tentó a Adán y Eva a desobedecer a Dios, ellos cayeron en su tentación, cometieron el pecado original y con ello, las Puertas del Cielo fueron cerradas para siempre para el hombre.


A través de Mi “Sí”, el Verbo se hizo carne y en la cruz pagó los pecados de ustedes, abriéndoles de nuevo las Puertas del Cielo, esto ya fue la derrota de Satanás. Y cuando él Me vio sentada a la derecha de Mi Hijo en la Gloria, su humillación fue completa y total.

Por eso, Yo que Soy la Mujer que humilló a Satanás. Yo que Soy la Señora que con Su “Sí” deshizo el abismo entre ustedes y el Creador, les traje al Redentor y con Él la Redención copiosa.


Yo Soy por lo tanto, señal terrible contra Satanás y Yo Soy la misma Señora que lo humilló en Mi subida al Cielo, voy a humillarlo de nuevo muy pronto en el triunfo de Mi Corazón Inmaculado, librando a la humanidad de su acción perversa que lleva a las almas cada día más por el camino del pecado y de la condenación eterna, alejando a las almas de Dios y haciéndolas revelarse contra las disposiciones de Dios.





Mi Asunción al Cielo también es la señal de la victoria de ustedes, porque Yo Soy la Celeste Comandante de ustedes y si Yo que Soy la Comandante de este Ejército, ya Soy vencedora; Mis soldados, aquellos que hacen parte de Mi Ejército también ya son vencedores.

A ustedes Mis Hijos, caben apenas luchar, batallar y esperar que llegue la hora de Mi Gran Victoria. Entonces, juntamente Conmigo, todos ustedes cantarán los Himnos de la Victoria del Señor y de Mi Corazón cuando Yo finalmente termine de aplastar la cabeza de Mi enemigo, prendiéndolo en el Infierno de donde nunca más podrá salir para hacer mal al mundo.

Entonces, ustedes entrarán en un nuevo tiempo de Paz y de Felicidad que el mundo jamás conoció. Sus ojos nunca vieron, ni podrían siquiera imaginar las maravillas que están preparadas para ustedes después de Mi Triunfo. Por eso, luchen Conmigo formando los Grupos de Oración que Yo pedí por todas partes, rezando todas las Oraciones que Yo di a ustedes aquí, rezando el Santo Rosario y perseverando en el Amor y en la Gracia de Dios.

¡Soy una señal cierta de victoria de todos ustedes Mis Hijos!
Por eso en los momentos de dolor, sufrimiento, de angustia y de aflicción, miren para Mí asunta al Cielo, Vencedora de Satanás y ustedes se llenarán de confianza, de esperanza y de fuerza interior para continuar luchando Conmigo por la salvación de Mis Hijos que están alejados de Mí y perdidos en las tinieblas del pecado.

Yo les amo a todos y estoy con todos ustedes en todos los sufrimientos y cruces que ustedes cargan.

Conviértanse lo más rápidamente posible porque muy pronto Mis Secretos sucederán y entonces, ustedes no podrán más recibir tantas Gracias como ahora ustedes reciben y luchen por la conversión de todos Mis Hijos, porque ahora la salvación se deja encontrar aquí por Mí todos los días, pero cuando Mis Secretos comenzaren a suceder, ellos no permitirán más que las personas vengan hasta aquí, vengan hasta Mí, porque el mundo estará en gran tribulación y convulsión.

Mis Hijos, conviértanse, conviértanse rápidamente, pues, mañana podrá ser tarde demás.

Yo les amo a todos y les bendigo a todos ahora: de LOURDES… de FÁTIMA… y de JACAREÍ.”



























Mensajes De Dios Al Mundo a través de la Venerable: Sor María de Jesús de Agreda





Vida de la Virgen María

CAPITULO XXXIII

Fuerza del amor en María.
- La Esposa de los Cantares.
-Ultimos años de su vida.
- La naturaleza se viste de luto.
-Muerte por amor. -
Cristo rescata de los mortales el cuerpo de María.
- Entierro de la Virgen.
- Su ascensión.
- Protesta.

Como la piedra en su natural movimiento con que baja a su centro, cobra mayor velocidad cuanto más se va acercando a él, así nuestra gran Reina, cuanto se iba acercando a su fin y término de su vida santísima, tanto eran más veloces los vuelos de su purísimo espíritu y los ímpetus de sus deseos para llegar al centro de su eterno descanso y reposo.

 Desde el instante de su Inmaculada Concepción había salido
como río caudaloso del océano de la Divinidad, donde en los eternos siglos fue ideada; y con las corrientes de tantos dones, gracias, favores, virtudes, santidad y merecimientos había crecido de tal manera, que ya le venía angosta toda la esfera de las criaturas; y con un movimiento rápido y casi impaciente de la sabiduría y amor se apresuraba a unirse con el mar, de donde salió, para volverse a él.

Vivía ya la gran Reina en estos últimos años con la dulce violencia del amor en un linaje de martirio continuado; porque sin duda en estos movimientos del espíritu es verdadera filosofía que el centro, cuando está más, vecino, atrae con mayor fuerza lo que se llega a él; y en María de parte del infinito y sumo bien había tanta vecindad, que sólo les dividía el cancel o la pared de la mortalidad; y ésta no impedía
para que se viesen y mirasen con vista y con amor recíproco; y de parte de los dos mediaba el amor, tan impaciente de medios que impiden la unión de lo que se ama, que ninguna cosa más desea que vencerlos y apartarlos para llegar a conseguirla.

 Deseábalo la dulcísima Madre, y aunque se encogía para no pedir la muerte natural; más no podía impedir la fuerza del amor, para que sintiese la violencia de la vida mortal y de sus prisiones que la, detenían el vuelo.

Pero mientras no llegaba el plazo determinado por la eterna Sabiduría, padecía los dolores del amor, que es fuerte como la muerte.


Llamaba con ellos. a su Amado que saliese fuera de sus retretes. Que bajase al campo, que se detuviese en esta aldea, que viese las flores y los frutos tan fragantes y suaves de su vida. Con estas flechas de sus ojos y de sus deseos hirió el corazón del Amado, y le hizo volar de las
alturas y descender a su presencia.

Sucedió, pues, que un día, por el tiempo que voy declarando, crecieron las ansias amorosas de la Madre, de manera que con verdad pudo decir estaba enferma de amor; porque sin los defectos de nuestras pasiones terrenas, adoleció con los
ímpetus del corazón, moviéndosele de su lugar, y dándole el Señor, para que así como él era la causa de la dolencia, lo fuese gloriosamente de la cura y medicina.

 Los ángeles que la asistían, admirados de la fuerza y efectos del amor, la hablaban como ángeles para que recibiese algún alivio con la esperanza tan segura de su deseada posesión; pero estos remedios no apagaban la llama, antes la encendían; y la Señora no les respondía más que conjurarlos dijesen a su Amado que estaba enferma de amor; y ellos la repetían dándole las, señales que deseaba.

En esta ocasión, y en otras de estos últimos años, advierto
que especialmente se ejecutaron en esta única Esposa todos los misterios ocultos y escondidos en los cánticos de Salomón.

Fue necesario que los supremos príncipes que en forma visible la asistían, la recibiesen en los brazos por los dolores que sentía.

Tras de todo esto fue iluminada y retocadas sus potencias para la visión beatífica. Y estando así preparada se corrió la cortina, y vio a Dios intuitivamente, gozando sobre todos los santos por algunas horas la fruición y gloria esencial: bebía las aguas de la vida en su misma fuente; saciaba sus ardentísimos deseos; llegaba a su centro, y cesaba aquel movimiento velocísimo para volverle a comenzar de nuevo.

Con estos favores tan inefables quedaba de nuevo transformada en su Hijo santísimo, encendida y espiritualizada.

 En estas ocasiones mereció el sagrado evangelista Juan participar algunos gajes de la fiesta, oyendo la música con que los ángeles la celebraban.

Y estando el mismo Señor en el oratorio con los ángeles y santos que le asistían, decía misa el Evangelista y comulgaba a la gran Reina, asistiendo a la diestra de su mismo Hijo, a quien sacramentado recibía en su pecho.

Todos estos misterios eran espectáculo de nuevo gozo para los santos, que también servían como de padrinos en la comunión más digna que después de Cristo se vio, ni se verá en el mundo.

 En recibiendo la gran Señora a su Hijo sacramentado, la dejaba recogida consigo mismo, en aquella forma; y en la que tenía gloriosa y natural se volvía a los cielos. ¡Oh maravillas ocultas! Si con todos los santos se manifiesta Dios grande y admirable, ¿qué sería con su Madre, a quien amaba sobre todos, y para quien reservó lo exquisito de su sabiduría y
poder?

Para decir lo que me resta de los últimos años de la vida de
nuestra única fénix María, justo es que el corazón y los ojos administren el licor con que deseo escribir tan dulces, tan tiernas maravillas.

Llegó María a la edad de sesenta y siete años sin haber interrumpido la carrera, ni detenido el vuelo, ni mitigado el incendio de su amor y merecimientos desde el primer instante de su Inmaculada Concepción; pero habiendo crecido todo esto en todos los momentos de su vida, los inefables dones, beneficios y favores del Señor la tenían toda deificada y espiritualizada; los afectos, los ardores y deseos de su
corazón no la dejaban descansar fuera del centro de su amor; las prisiones de la carne le eran violentas, y la misma tierra, indignada por los pecados de los mortales de tener en sí al tesoro, de los cielos, no podía ya conservarle más sin restituirle a su verdadero dueño.

Bajó el santo príncipe con los demás al oratorio de la gran Señora en el cenáculo de Jerusalén, donde la hallaron postrada en tierra en forma de cruz, pidiendo misericordia por los pecadores.

 Pero con la música y presencia de los santos ángeles se puso de rodillas para oír y ver al Embajador del cielo y a sus compañeros, que todos con vestiduras blancas y refulgentes la rodearon con admirable agrado y reverencia.

Venían todos con coronas y palmas en las manos, cada una
diferente; pero todos representaban con inestimable precio y hermosura diversos premios y glorias de su gran Reina y Señora.

Corriendo el curso de los tres últimos años de la vida de Nuestra Señora, ordenó el poder divino con una oculta y suave fuerza que todo el resto de la naturaleza comenzara a sentir el llanto y prevenir el luto para la muerte de la que con su vida daba hermosura y perfección a todo lo criado.

Los Apóstoles, aunque estaban derramados por el mundo, comenzaron a sentir un nuevo cuidado que les llevaba la atención, con recelos de cuándo les faltaría su Maestra; porque ya les dictaba la divina y oculta luz que no se podía dilatar mucho este plazo inevitable.

Los otros fieles moradores de Jerusalén y vecinos de Palestina reconocían en sí mismos como un secreto aviso de que su tesoro y alegría no sería para largo tiempo.

 Los cielos, astros y planetas perdieron mucho de su hermosura y alegría, como lo pierde el día cuando se acerca la noche.

Las aves del cielo hicieron singular demostración de tristeza en los dos últimos años; porque gran multitud de ellas acudían
de ordinario donde estaba María, y rodeando su oratorio con extraordinarios vuelos y meneos, formaban en lugar de cánticos diversas voces tristes.

De esta maravilla fue testigo muchas veces San Juan.

 Y pocos días antes del tránsito de la Divina Madre concurrieron a ella innumerables avecillas, postrando sus cabecitas y picos por el suelo, y rompiendo sus pechos con gemidos, como quien dolorosamente se despedía para siempre.

Y no sólo las aves del aire hicieron este llanto, sino hasta los
animales brutos de la tierra las acompañaron en él; porque saliendo la Reina del cielo un día a visitar los lugares de nuestra redención, como lo acostumbraba, llegando al monte Calvario, la rodearon muchas fieras silvestres que de diversos montes habían venido a esperarla; y unas postrándose en tierra, otras humillando las cervices, y todas formando
tristes gemidos, estuvieron algunas horas manifestándola el
dolor que sentían de que se ausentaba de la tierra.

La mayor maravilla que sucedió en el general sentimiento y mudanza de todas las criaturas fue, que por seis meses antes de la muerte de María, el sol, luna y estrellas dieron menos luz que hasta entonces habían dado a los mortales, y el día del dichoso tránsito se eclipsaron como sucedió en la
muerte del Redentor del mundo.

Y aunque muchos hombres sabios y advertidos notaron estas novedades y mudanza en los orbes celestiales, todos ignoraban la causa, y sólo pudieron admirarse.

 Pero los Apóstoles y discípulos que asistieron a su dulcísima y feliz muerte, conocieron entonces el sentimiento de toda la naturaleza insensible, que dignamente anticipó su llanto, cuando la naturaleza humana y capaz de razón no supo llorar la pérdida de su verdadera hermosura y gloria.

Pobre de razones y palabras, me hallo en la mayor necesidad para decir algo del estado adonde llegó el amor de María en los últimos días de su vida, los ímpetus y vuelos de su espíritu, los deseos y ansias incomparables de llegar al estrecho abrazo de la Divinidad.

 No hallo símil ajustado en toda la naturaleza, y si alguno puede servir para mi intento es el elemento del fuego, por la correspondencia que tiene con el amor.

 Admirable es la actividad y fuerza de este elemento sobre
todos; ninguno es más impaciente que él para sufrir las prisiones, porque o muere en ellas, o las quebranta para volar con suma ligereza a su propia esfera.

Si se halla encarcelado en las entrañas de la tierra, la
rompe, divide los montes, arranca los peñascos, y con suma violencia los arroja o los lleva delante de su cara, hasta donde les dura el ímpetu que les imprime.

 Y aunque la cárcel sea de bronce, si no la rompe, a lo menos abre sus puertas con espantosa violencia y terror de los que
están vecinos, y por ellas despide el globo de metal que le impedía con tanta violencia, como lo enseña la experiencia.

Tal es la condición de esta insensible criatura.

Entre las maravillas que hizo el Señor con la Madre en estos últimos años una fue manifiesta, no sólo al evangelista San Juan, sino a muchos fieles.

Esta fue que cuando comulgaba la Señora quedaba por algunas horas llena de resplandores y claridad tan admirable, que parecía estar transfigurada y con dotes de gloria.

Este efecto la comunicaba el sagrado cuerpo de su Hijo que se le manifestaba transfigurado y más glorioso que en el monte Tabor.

Acercábase ya el día determinado por la divina voluntad en que la verdadera y viva Arca del Testamento había de ser colocada en el templo de la celestial Jerusalén con mayor gloria y júbilo que su figura fue colocada por Salomón en el santuario debajo de las alas de los Querubines.

Y tres días antes del tránsito felicísimo de la gran Señora
se hallaron congregados los Apóstoles y discípulos en Jerusalén y casa del cenáculo.

 Fueron todos con San Pedro al oratorio de la Reina, y
halláronla de rodillas sobre una tarimilla que tenía para reclinarse cuando descansaba.

La disposición natural de su sagrado y virginal cuerpo y rostro era la misma que tuvo de treinta y tres años; porque desde aquella edad nunca hizo mudanza del natural estado, ni sintió los efectos de los años, ni de la senectud o vejez, ni tuvo rugas en el rostro ni en el cuerpo, ni se le puso más débil, flaco y magro, como sucede a los demás hijos de Adán, que con la vejez desfallecen y se desfiguran de lo
que fueron en la juventud y edad perfecta.

 La inmutabilidad en esto fue privilegio único de María, así porque correspondiera a la estabilidad de su alma purísima, como porque en ella fue correspondiente y consiguiente a la inmunidad que tuvo de la primera culpa de Adán, cuyos efectos en cuanto a esto no alcanzaron a su cuerpo ni a su alma.

Al entonar los ángeles música se reclinó María en su tarima o lecho, quedándole la túnica como unida al sagrado cuerpo, puestas las manos juntas y toda enardecida en la llama de su divino amor.

Y cuando los ángeles llegaron a cantar aquellos versos del capítulo segundo de los Cantares: Surge, propera, amica mea, etc., que quieren
decir:

 "Levántate y date prisa, amiga mía, paloma mía, hermosa mía, y ven, que ya pasó el invierno", etc., en estas palabras pronunció Ella las que su Hijo en la cruz:

En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.
Cerró los virginales ojos y expiró.

La enfermedad que le quitó la vida fue el amor, sin otro achaque ni accidente alguno.

Y el modo fue que el poder divino suspendió el concurso milagroso, con que conservaba sus fuerzas naturales, para
que no se resolviesen con el ardor y fuego sensible que la causaba el amor divino, y cesando este milagro hizo su efecto y le consumió el húmido radical del corazón y con él faltó la vida natural.

Pasó aquella purísima alma desde su virginal cuerpo a la diestra y trono de su Hijo, donde en un instante fue colocada con inmensa gloria. Y luego se comenzó a sentir que la música de los ángeles se alejaba por la región del aire, porque toda aquella procesión de ángeles y santos caminaron al cielo empíreo.

El cuerpo de María Santísima, que había sido templo y sagrario de Dios vivo, quedó lleno de luz y, resplandor y despidiendo de sí admirable y nueva fragancia.

Los mil ángeles de la custodia de María Santísima quedaron guardando el tesoro inestimable de su virginal cuerpo.

 Los Apóstoles y discípulos, entre lágrimas de dolor y júbilo de las maravillas que veían, quedaron como absortos.

 Sucedió este glorioso tránsito el viernes, a las tres de la tarde, a la misma hora que el de su Hijo, día 13 del mes de Agosto y a los setenta años de su edad, menos los veintiséis días que hay de 13 de agosto, en que murió, hasta 8 de Septiembre, que nació y cumpliera los setenta años.

Después de la muerte de Cristo sobrevivió la Madre en el mundo veintiún años, cuatro meses y diecinueve días, y de su
virgíneo parto era el año 55.

El cómputo se hará fácilmente de esta manera: cuando nació Cristo tenía su Madre Virgen quince años, tres meses y diecisiete días; vivió el Señor treinta y tres años y tres meses; de manera que al tiempo de su sagrada pasión estaba María Santísima en cuarenta y ocho años, seis meses y diecisiete días; añadiendo a estos otros veintiún años, cuatro meses y diecinueve días, hacen los setenta años menos veinticinco o veintiséis días.

Y luego trajeron los Apóstoles unas andas o féretro, y templándose un poco el resplandor se llegaron a la tarima donde estaba, y con admirable reverencia trabaron de la túnica por los lados, y sin descomponerla en nada levantaron el sagrado y virginal tesoro y le pusieron en el féretro con la misma compostura que tenía en la tarima.

Y pudieron hacerlo fácilmente, porque no sintieron peso ni en el tacto percibieron más de que llegaban a la túnica casi imperceptiblemente.

Puesto en el féretro se moderó más el resplandor, y todos pudieron percibir y conocer con la vista la hermosura del virgíneo rostro y manos.

En lo demás reservó su omnipotencia aquel divino tálamo de su habitación para que ni en vida ni en muerte nadie viese alguna parte de él más de lo que era forzoso en la conversación humana, que era su honestísima cara, para ser conocida, y las manos con que trabajaba.

Tanta fue la atención y cuidado de la honestidad de su Madre, que no celó tanto su cuerpo deificado como el de la Virgen.

 En la concepción inmaculada y sin culpa la hizo semejante a sí mismo, y también en el nacimiento, en cuanto a no percibir el modo común y natural de nacer los demás.

También la preservó y guardó de tentaciones y pensamientos impuros; pero en ocultar su virginal cuerpo hizo con ella, como mujer, lo que no hizo consigo mismo, porque era varón
y Redentor del mundo por medio del sacrificio de su pasión, y la purísima Señora, en vida, le había pedido que en la muerte la hiciese este beneficio; de que nadie viese su cuerpo difunto, y así se lo cumplió.

Los Apóstoles levantaron el sagrado cuerpo y tabernáculo de
Dios, y partieron del cenáculo para salir de la ciudad al valle de Josafat.

Llegaron al puesto donde estaba el dichoso sepulcro en el valle de Josafat, y los mismos Apóstoles San Pedro y San Juan, que levantaron el celestial tesoro de la tarima al féretro, le sacaron de él con la misma facilidad, y le colocaron en el sepulcro Y le cubrieron con una toalla,
obrando más en todo esto las manos de los ángeles que las de los Apóstoles.

 Cerraron el sepulcro con una losa, el concurso de la gente
se despidió, y los santos Apóstoles y discípulos, con tiernas lágrimas, volvieron al cenáculo, y en toda la casa perseveró un año entero el olor suavísimo que dejó el cuerpo de la gran Reina.

Y luego fue levantada aquella alma santísima de María a la diestra de su Hijo y Dios verdadero y colocada en el mismo trono real de la beatísima Trinidad, adonde hombres, ni ángeles, ni serafines llegaron, ni llegarán jamás por toda la eternidad.

 Esta es la más alta y excelente preeminencia de nuestra Reina y Señora: estar en el mismo trono de las divinas personas y tener lugar en él, como Emperatriz, cuando los demás lo tienen los siervos y ministros del sumo Rey.

 Y a la eminencia o majestad' de aquel lugar, para todas las demás criaturas inaccesible, corresponden en María Santísima los dotes de gloria, comprensión, visión y fruición; porque de aquel objeto infinito, que por innumerables grados y variedad gozan los bienaventurados, ella goza sobre todos y más que todos.

Conoce, penetra, entiende mucho más del ser divino y de sus atributos infinitos; ama y goza de sus misterios y secretos ocultísimos más que todo el resto de los bienaventurados.

Y aunque entre la gloria de las divinas personas y la de María
Santísima hay distancia infinita, porque la luz de la Divinidad (como dice el Apóstol) es inaccesible y en sola ella habita la inmortalidad y gloria por esencia, y también el alma santísima de Cristo excede sin medida a los dotes de su Madre; pero comparada la gloria de esta gran Reina con todos los santos, se levanta sobre todos como inaccesible.

 Esta divina historia dejo escrita por la obediencia de mis prelados y confesores que gobiernan mi alma, asegurándome por este medio ser voluntad de Dios que la escribiese y que obedeciese a su beatísima Madre, que por muchos años me lo ha mandado; y aunque toda la he puesto a la censura y juicio de mis confesores, sin haber palabra que no la hayan visto y conferido conmigo, con todo eso la sujeto de nuevo a su mejor sentir, y, sobre todo, a la enmienda y corrección
de la Santa Iglesia Católica Romana, a cuya censura y ense-
ñanza, como hija suya, protesto estoy sujeta para creer y tener sólo aquello que la misma Santa Iglesia nuestra Madre aprobare y creyere y para reprobar lo que reprobare, porque en esta obediencia quiero vivir y morir. Amén.


Sor María De Jesús De Ágreda




Cuerpo Incorrupto de la Venerable Sor María De Jesús De Ágreda







 


























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