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SATÁN ENTRONIZADO EN EL TEMPLO SANTO" SE ARRODILLA ANTE HEREJES QUE ODIAN A LA MADRE DE DIOS



SLIDERS

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miércoles, 26 de agosto de 2015

POR ESTE MISTERIO DE LA CONCEPCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA HA ORDENADO EL ESPÍRITU SANTO QUE EL DÍA DEL SÁBADO FUESE CONSAGRADO A LA VIRGEN EN LA SANTA IGLESIA, COMO DÍA EN QUE SE LE HIZO PARA ELLA EL MAYOR BENEFICIO, CREANDO SU ALMA SANTÍSIMA Y UNIÉNDOLA CON SU CUERPO, SIN QUE RESULTASE EL PECADO ORIGINAL NI EFECTO SUYO.








Mensajes De Dios Al Mundo a través de su profeta: Marcos Tadeu


Jacareí, 22 de Agosto del 2015
Transmisión de las Apariciones Diarias en vivo vía internet en la WebTV mundial: www.apparitionstv.com



22 De Agosto
Fiesta De :

María
Reina Del Universo





MENSAJE DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
Y SANTA LUCIA


“Mis Queridos Hijos, hoy cuando ustedes ya celebran Mi Fiesta como Reina del Cielo y de la Tierra, Yo vengo a decirles:

“Déjenme reinar en sus corazones,
en sus vidas y en sus familias.”

Denme el “Sí” de ustedes que hace tantos años Yo estoy pidiendo y ustedes no Me dan.

Denme el “Sí” de ustedes volviéndose ustedes mismos en Mis Siervos, Mis Súbditos.

Y entonces, Yo seré verdaderamente la Reina de ustedes, podré actuar poderosamente en la vida de ustedes, realizando los Planes del Señor, los grandes y maravillosos prodigios de Amor y de Gracias del Señor. 

Por medio del “Sí” de ustedes, Yo les transformaré en los Grandes Santos que Dios espera, que Yo misma espero y que encantarán al mundo con los frutos, con las obras santas que producirán.

Por lo tanto Mis Hijos, entréguenme sus corazones, entréguenme sus vidas, denme el “Sí” de ustedes, Satanás será vencido en sus vidas y a través de ustedes, Satanás será vencido en la vida de muchos Hijos Míos que serán salvos por las Oraciones y por la Santidad de ustedes. 

Lean más la vida de los Santos y lean más Mi vida que Yo revelé a Mi Hija Sor María de Ágreda en la Mística Ciudad de Dios. Allí en Mis ejemplos, en Mis Virtudes, ustedes entenderán cual es la Santidad que Dios quiere de ustedes y ustedes sabrán lo que deberán hacer.

A todos Yo bendigo con amor: de MARIENFRIED… de HEROLDSBACH… y de JACAREÍ.”






MENSAJE DE SANTA LUCÍA


“Amados Hermanos Míos, Yo, Lucía, vengo nuevamente del Cielo para decirles:

“Busquen tener en sus corazones la Perfecta Caridad, o sea, el Amor de Dios en sumo grado.”

La Perfecta Caridad es la Llama de Amor del Corazón Inmaculado de María. Ella posee el Amor Divino en el grado máximo que una pura criatura puede tener.

Este Amor que siempre ardió en el Corazón de la Santísima Virgen es la “Llama de Amor de Ella, es la Perfecta Caridad.”

Y en ningún momento Ella vivió para las cosas mundanas, en ningún momento el amor, el apego o sujeción a cualquier cosa creada jamás estuvo en Su Corazón. Por eso, el Amor Divino podía vivir en Ella, arder en Ella todos los días en sumo grado.

Para que ustedes tengan la Llama de Amor del Corazón Inmaculado de María, esta Perfecta Caridad, ustedes deben renunciar a todas las cosas mundanas, a todo apego que les impide de tener este apego en grado supremo. Renuncien pues a todo pecado y a todo aquello que aún les ata al mundo y a sus cosas, y entonces, ustedes tendrán en sus corazones este Amor en pura transformación.

Reflejen también este Amor, esta Bondad de Dios a todas las personas y criaturas a su alrededor, en la familia, en la escuela, en el trabajo.


Reflejen la Bondad de Dios por medio de actos y amor puro sin mezcla de suciedad de pecado y de interés humano.


Entonces, Dios verdaderamente mostrará al mundo Su Amor por medio de ustedes y la propia Madre de Dios hará  que todos sientan la Bondad, la Ternura, el Cariño y el Amor de Ella en el amor de ustedes.



Continúen rezando el Santo Rosario  todos los días y todas las Oraciones que la Madre de Dios les dio aquí. Recen Mi Coronilla por lo menos una vez por semana, para que Yo continúe derramando Mis Gracias de Amor en ustedes.

A todos bendigo con amor: de SIRACUSA… de CATANIA… y de JACAREÍ”. 









 CLICK AQUÍ: ORACIONES DE JACAREI, BRAZIL., DADAS POR EL CIELO A TRAVÉS DEL PROFETA:    MARCOS TADEU   



























http://mensajesdediosalmundo.blogspot.mx/2015/08/yo-soy-la-mujer-vestida-de-sol-y-por-lo.html



















  



















Lean más la vida de los Santos y lean más Mi vida
que Yo revelé a Mi Hija Sor María de Ágreda
en la Mística Ciudad de Dios.

Allí en Mis ejemplos, en Mis Virtudes, ustedes entenderán
Cuál es la Santidad que Dios quiere de ustedes
y ustedes sabrán lo que deberán hacer.

María Reina
Jacareí, 22 de Agosto del 2015






Por este misterio de la Concepción de María Santísima ha ordenado el Espíritu Santo que el día del sábado fuese consagrado a la Virgen en la Santa Iglesia, como día en que se le hizo para ella el mayor beneficio, criando su alma santísima y uniéndola con su cuerpo, sin que resultase el pecado original ni efecto suyo.



Vida de la Virgen María


Porque nosotros sin haberlo merecido de nuestra parte hemos recibido todo de Dios………….


Mensajes De Dios Al Mundo a través de la Venerable: Sor María de Jesús de Agreda



Vida de la Virgen María

CAPITULO PRIMERO


Los padres de María.
- Esterilidad de Ana.
- Purísima Concepción. -
Formación del hermoso cuerpo y el alma hermosísima de la Virgen.



En aquella noche tan pesada de la ley antigua, determinó Dios
dar prendas ciertas del día de la gracia, enviando al mundo dos luceros clarísimos que anunciasen la claridad ya vecina del Sol de justicia, Cristo nuestra salud.

 Estos fueron San Joaquín y Santa Ana, prevenidos y criados por la divina voluntad para que fuesen hechos a medida de su corazón.

San Joaquín tenía casa, familia y deudos en Nazareth, pueblo de Galilea. Y fue siempre varón justo y santo, ilustrado con especial gracia y luz de lo alto.

Tenía inteligencia de muchos misterios de las Escrituras y Profetas antiguos; y con oración continua y fervorosa pedía a Dios el cumplimiento de sus promesas; y su fe y caridad
penetraban los cielos.

Era varón puro, de costumbres santas y suma sinceridad; pero de gran peso y severidad y de incomparable compostura y honestidad.

Santa Ana tenía su casa en Belén, y era doncella castísima, humilde y hermosa, y desde su niñez santa, compuesta y llena de virtudes.




Tuvo también grandes y continuas ilustraciones del Altísimo; y siempre ocupaba su interior con altísima contemplación, siendo juntamente muy oficiosa y trabajadora, con que llegó a la plenitud de la perfección de las vidas activa y contemplativa.

 Tenía noticia infusa de las Escrituras divinas y profunda inteligencia de sus escondidos misterios y sacramentos; y en las virtudes infusas, fe, esperanza y caridad, fue incomparable.

Con estos dones prevenida, oraba continuamente por la venida del Mesías; y sus ruegos fueron tan aceptos al Señor para acelerar el paso, que singularmente le pudo responder había herido su corazón en uno de sus cabellos. (Cant., 4, 9), pues sin
duda alguna en apresurar la venida del Verbo tuvieron los merecimientos de Santa Ana altísimo lugar entre los Santos del Viejo Testamento.

Hizo también esta mujer fuerte oración fervorosa para que el Altísimo en el estado del matrimonio la diese compañía de esposo que la ayudase a la guarda de la Divina Ley y Testamento Santo y para ser perfecta en la observancia de sus preceptos.

 Y al mismo tiempo que Santa Ana pedía esto al Señor, ordenó su providencia que San Joaquín hiciese la misma oración, para que
juntas fuesen presentadas estas dos peticiones en el Tribunal de la Beatísima Trinidad, donde fueron oídas y despachadas.

 Y luego por ordenación Divina se dispuso cómo Joaquín y Ana tomasen estado de matrimonio juntos y fuesen padres de la que había de ser Madre del mismo Dios humanado.

Y para ejecutar este decreto, fue enviado el Santo Arcángel Gabriel, que se lo manifestase a los dos.

A Santa Ana se le apareció corporalmente estando en oración fervorosa pidiendo la venida del Salvador del mundo y el remedio de los hombres; y vio al Santo Príncipe con gran hermosura y refulgencia, que a un mismo tiempo causó en ella alguna turbación y temor con interior júbilo e iluminación de su espíritu.

Postróse la Santa con profunda humildad para reverenciar al
Embajador del Cielo, pero él la detuvo y confortó, como a depósito que había de ser del arca del verdadero maná, María Santísima, Madre del Verbo eterno; porque ya este Santo Arcángel había conocido este misterio del Señor cuando fue enviado con esta embajada; aunque entonces no lo conocieron los demás Ángeles del Cielo, porque solo a San Gabriel fue hecha esta revelación o iluminación inmediatamente del Señor.

Tampoco manifestó el Ángel a Santa Ana este gran sacramento por entonces, mas pidióla atención y la dijo:

El Altísimo te dé su bendición, sierva suya, y sea tu salud.
Su Alteza ha oído tus peticiones y quiere que perseveres en ellas y clames por la venida del Salvador; y es su voluntad que recibas por esposo a Joaquín, que es varón de corazón recto y agradable a los ojos del Señor, y con su compañía podrás perseverar en la observancia de su Divina Ley y servicio.

Continúa tus oraciones y súplicas y de tu parte no hagas otra diligencia; que el mismo Señor ordenará el cómo se ha de ejecutar. Y tú camina por las sendas rectas de la justicia y tu habitación interior siempre sea en las alturas; y pide siempre por la venida del Mesías y alégrate en el Señor que es tu salud.

—Con esto desapareció el Ángel, dejándola ilustrada en muchos
Misterios de las Escrituras y confortada y renovada en su
espíritu.

A San Joaquín apareció y habló el Arcángel, no corporalmente como a Santa Ana, pero en sueños apercibió el varón de Dios que le decía estas razones:

Joaquín, bendito seas de la Divina diestra del Altísimo, persevera en tus deseos y vive con rectitud y pasos perfectos.

Voluntad del Señor es que recibas por tu esposa a Ana, que es alma a quien el Todopoderoso ha dado su bendición.

Cuida de ella y estímala como prenda del Altísimo y dale gracias a Su Majestad porque te la ha entregado.

—En virtud de estas Divinas embajadas pidió luego Joaquín por esposa a la castísima Ana y se efectuó el casamiento, obedeciendo los dos a la Divina disposición; pero ninguno manifestó al otro el secreto de lo que les había sucedido hasta pasados algunos años, como diré en su lugar (Cf., infra n. 185).

Vivieron los dos Santos Esposos en Nazaret, procediendo y caminando por las justificaciones del Señor; y con rectitud y sinceridad dieron el lleno de las virtudes a sus obras y se hicieron muy agradables y aceptos al Altísimo sin reprensión.

De las rentas y frutos de su hacienda en cada año hacían
tres partes:

la primera ofrecían al templo de Jerusalén para el culto del Señor, la segunda distribuían a los pobres, y con la tercera sustentaban su vida y familia decentemente; y Dios les acrecentaba los bienes temporales, porque los expendían con tanta largueza y caridad.

Vivían asimismo con inviolable paz y conformidad de ánimos, sin querella y sin rencilla alguna.

Y la humildísima Ana vivía en todo sujeta y rendida a la voluntad de Joaquín; y el varón de Dios con la emulación santa de la misma humildad se adelantaba a saber la voluntad de Santa Ana, confiando en ella su corazón (Prov., 31, 11), y no quedando frustrado; con que vivieron en tan perfecta caridad, que en su vida tuvieron diferencia en que el uno dejase de querer lo mismo que quería el otro; mas como congregados en el nombre del Señor (Mt., 18, 20), estaba Su Majestad con su temor santo en medio de ellos.

Y el Santo Joaquín cumplió y obedeció el mandamiento del Ángel de que estimase a su esposa y tuviese cuidado de ella.

Previno el Señor con bendiciones de dulzura (Sal.,20, 4) a la Santa Matrona Ana, comunicándola altísimos dones de gracia y ciencia infusa, que la dispusiesen para la buena dicha que la aguardaba de ser madre de la que lo había de ser del mismo Señor; y como las obras del Altísimo son perfectas y consumadas, fue consiguiente que la hiciese digna madre de la criatura más pura y que en santidad había de ser inferior solo a Dios y superior a todo lo creado.



Pasaron estos santos casados veinte años sin sucesión de hijos:
cosa que en aquella edad y pueblo se tenía por más infelicidad y desgracia, a cuya causa padecieron entre sus vecinos y conocidos muchos oprobios y desprecio; que los que no tenían hijos se reputaban como excluidos de tener parte en la venida del Mesías que esperaban.

Pero el Altísimo, que por medio de esta humillación los quiso afligir y disponer para la gracia que les prevenía, les dio tolerancia y conformidad para que sembrasen con lágrimas y oraciones el dichoso fruto que después habían de coger.

 Hicieron grandes peticiones de lo profundo de su corazón, teniendo para esto especial mandato de lo alto; y ofrecieron
al Señor, con voto expreso, que si les daba hijos, consagrarían a
su servicio en el templo el fruto que recibiesen de bendición.

Y el hacer este ofrecimiento fue por especial impulso del Espíritu Santo, que ordenaba cómo antes de tener ser la que había de ser morada de su unigénito Hijo, fuese ofrecida y como entregada por sus padres al mismo Señor.

Porque si antes de conocerla y tratarla no se obligaran con voto particular de ofrecerla al templo, viéndola después tan dulce y agradable criatura no lo pudieran hacer con tanta prontitud por el vehemente amor que la tendrían.

Y —a nuestro modo de entender— con este ofrecimiento no sólo satisfacía el Señor a los celos que ya tenía de que su Madre Santísima estuviese por cuenta de otros, pero se entretenía su amor en la dilación de criarla.

Habiendo perseverado un año entero después que el Señor se lo mandó en estas fervientes peticiones, sucedió que San Joaquín fue por Divina inspiración y mandato al templo de Jerusalén, a ofrecer oraciones y sacrificios por la venida del Mesías y por el fruto que deseaba; y llegando con otros de su pueblo a ofrecer los comunes dones, y ofrendas en presencia del Sumo Sacerdote, otro inferior, que se llamaba Isacar, reprendió ásperamente al venerable viejo Joaquín porque llegaba a ofrecer con los demás, siendo infecundo; y entre otras razones le dijo:

Tú, Joaquín, ¿por qué llegas a ofrecer siendo hombre inútil?

Desvíate de los demás y vete, no enojes a Dios con tus ofrendas y sacrificios, que no son gratos a sus ojos.

—El Santo varón, avergonzado y confuso, con humilde y amoroso afecto, se convirtió al Señor y le dijo:

Altísimo Dios Eterno, con vuestro mandato y voluntad vine al templo; el que está en vuestro lugar me desprecia; mis pecados son los que merecen esta ignominia; pues la recibo por vuestro querer, no despreciéis la hechura de vuestras manos (Sal., 137, 8)

—Fuese Joaquín del templo contristado, pero pacífico y sosegado, a una casa de campo o granja que tenía y allí en soledad de algunos días clamó al Señor e hizo oración:


Altísimo Dios Eterno, de quien depende todo el ser y el reparo del linaje humano, postrado en vuestra Real presencia os suplico se digne vuestra infinita bondad de mirar la aflicción de mi alma y oír mis peticiones y las de vuestra sierva Ana.

A vuestros ojos son manifiestos todos nuestros deseos (Sal., 37, 10) y, si yo no merezco ser oído, no despreciéis a mi humilde esposa.

Santo Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, nuestros antiguos Padres, no escondáis vuestra piedad de nosotros, ni permitáis, pues sois Padre, que yo sea de los réprobos y desechados en mis ofrendas como inútil, porque no me dais sucesión.

Acordaos, Señor, de los sacrificios y oblaciones de vuestros Siervos y Profetas (Dt., 9, 27), mis Padres antiguos, y tened presentes las obras que en ellos fueron gratas a vuestros Ojos Divinos; y pues me mandáis, Señor mío, que con confianza Os pida como a poderoso y rico en misericordias, concededme lo que por Vos deseo y pido; pues en pediros hago Vuestra Santa Voluntad y
obediencia, en que me prometéis mi petición:

y si mis culpas detienen vuestras misericordias, apartad de mí lo
que os desagrada e impide.

 Poderoso sois, Señor Dios de Israel, y todo lo que fuere vuestra voluntad podéis obrar sin resistencia (Est., 13, 9).

 Lleguen a vuestros oídos mis peticiones, que si soy pobre y pequeño, vos sois infinito e inclinado a usar de misericordia con los abatidos.

¿Adonde iré de Vos, que sois el Rey de los reyes, el Señor de los señores y Todopoderoso? A vuestros hijos y siervos habéis llenado, Señor, de dones y bendiciones en sus generaciones; a mí me enseñáis a desear y esperar de Vuestra liberalidad lo que habéis obrado con mis hermanos.

Si fuere vuestro beneplácito conceder mi petición, el fruto de sucesión que de vuestra mano recibiere, lo ofreceré y consagraré a vuestro templo santo, para servicio vuestro.

Entregado tengo mi corazón y mente a Vuestra voluntad y siempre he deseado apartar mis ojos de la vanidad.

 Haced de mí lo que fuere Vuestro agrado y alegrad, Señor, nuestro espíritu con el cumplimiento de nuestra esperanza.

Mirad desde Vuestro solio al humilde polvo y levantadle, para que os magnifique y adore y en todo se cumpla vuestra voluntad y no
la mía.

Esta petición hizo Joaquín en su retiro; y en el ínterin el Santo Ángel declaró a Santa Ana cómo sería agradable oración para su alteza que le pidiese sucesión de hijos con el santo afecto e intención que los deseaba.

Y habiendo conocido la Santa Matrona,  ser ésta la Divina voluntad y también la de su esposo Joaquín, con humilde rendimiento y confianza en la presencia del Señor, hizo oración por lo que se le ordenaba y dijo:

Dios Altísimo, Señor mío, Criador y Conservador universal de todas las cosas, a quien mi alma reverencia y adora como a Dios
verdadero, infinito, santo y eterno; postrada en vuestra real presencia hablaré, aunque sea polvo y ceniza (Gén.,18, 27), manifestando mi necesidad y aflicción.

Señor, Dios increado, hacednos dignos de vuestra bendición,
dándonos fruto santo que ofrecer a vuestro servicio en
vuestro templo (1 Sam., 1, 11).

Acordaos, Señor mío, que Ana, sierva vuestra, madre de Samuel, era estéril y con vuestra liberal misericordia recibió el cumplimiento de sus deseos.

 Yo siento en mi corazón una fuerza que me alienta y anima a pediros hagáis conmigo esta misericordia.

Oíd, pues, dulcísimo Señor y Dueño mío, mi petición humilde y acordaos de los servicios, ofrendas y sacrificios de mis antiguos Padres y los favores que obró en ellos el brazo poderoso de Vuestra omnipotencia.

Yo, Señor, quisiera ofrecer a Vuestros ojos oblación agradable y aceptable, pero la mayor y la que puedo es mi alma, mis potencias y sentidos que me disteis y todo el ser que tengo; y si mirándome desde vuestro Real Solio me diereis sucesión, desde ahora la consagro y ofrezco para serviros en el templo.

Señor Dios de Israel, si fuere voluntad y gusto vuestro mirar a esta vil y pobre criatura y consolar a vuestro siervo Joaquín, concedednos, Señor, esta petición y en todo se cumpla Vuestra voluntad santa y eterna.


Estas fueron las peticiones que hicieron los santos Joaquín y Ana; y de la inteligencia que he tenido de ellas y de la santidad incomparable de estos dichosos padres, no puedo por mi gran cortedad e insuficiencia decir todo lo que conozco y siento; ni todo se puede referir, ni es necesario, pues es bastante para mi intento lo dicho; y para hacer altos conceptos de estos Santos, se han de medir y ajustar con el altísimo fin y ministerio para que fueron escogidos de Dios, que era ser abuelos inmediatos
de Cristo Señor nuestro y padres de su Madre Santísima.



Cómo por el santo arcángel Gabriel fue
evangelizada la concepción de María Santísima
 y cómo previno Dios a Santa Ana para esto con un especial favor.




Llegaron las peticiones de los Santos Joaquín y Ana a la presencia y trono de la Beatísima Trinidad, donde, siendo oídas y aceptadas, se les manifestó a los Santos Ángeles la voluntad Divina, como si —a nuestro modo de entender— las tres Divinas Personas hablaran con ellos y les dijeran:

 Determinado tenemos por Nuestra dignación que la Persona del Verbo tome carne humana y que en ella remedie a todo el linaje de los mortales; y a Nuestros siervos los Profetas lo tenemos manifestado y prometido, para que ellos lo profetizasen al mundo.

Los pecados de los vivientes y su malicia es tanta, que nos obligaba a ejecutar el rigor de nuestra justicia; pero nuestra bondad y misericordia excede a todas sus maldades y no pueden
ellas extinguir nuestra caridad.

Miremos a las obras de nuestras manos, que criamos a nuestra imagen y semejanza para que fueran herederos y partícipes de
nuestra eterna gloria (2 Pe., 3, 22).

Atendamos a los servicios y agrado que nos han dado nuestros siervos y amigos y a los muchos que se levantarán y que serán
grandes en nuestras alabanzas y beneplácito.

Y singularmente pongamos delante de nuestros ojos aquella que ha de ser electa entre millares y sobre todas las criaturas ha de ser aceptable y señalada para nuestras delicias y beneplácito y que en sus entrañas ha de recibir a la Persona del Verbo y vestirle de la mortalidad de la carne humana. Y pues ha de tener
principio esta obra en que manifestemos al mundo los tesoros de Nuestra Divinidad, ahora es el tiempo aceptable y oportuno para la ejecución de este sacramento.

Joaquín y Ana hallaron gracia en Nuestros ojos, porque piadosamente los miramos y prevenimos con la virtud de nuestros dones y gracias.

Y en las pruebas de su verdad han sido fieles y con sencilla candidez sus almas se han hecho aceptas y agradables en Nuestra presencia.

Vaya Gabriel, Nuestro embajador, y déles nuevas de alegría para ellos y para todo el linaje humano y anuncíeles cómo nuestra dignación los ha mirado y escogido.

  Conociendo los espíritus celestiales esta voluntad y decreto del Altísimo, el Santo Arcángel Gabriel, adorando y reverenciando a Su Alteza en la forma que lo hacen aquellas purísimas y espirituales sustancias, humillado ante el trono de la Beatísima Trinidad, salió de Él una voz intelectual que le dijo:

Gabriel, ilumina, vivifica y consuela a Joaquín y Ana, nuestros siervos, y diles que sus oraciones llegaron a nuestra presencia y sus ruegos son oídos por nuestra clemencia; promételes que
recibirán fruto de bendición con el favor de nuestra diestra y que Ana concebirá y parirá una hija a quien le
damos por nombre MARÍA.

  En este mandato del Altísimo le fueron revelados al Arcángel San Gabriel muchos Misterios y sacramentos de los que pertenecían a esta embajada; y con ella descendió al punto del cielo empíreo y se le apareció a San Joaquín, que estaba en oración, y le dijo:
 Varón justo y recto, el Altísimo desde su Real Trono ha visto tus
deseos y oído tus peticiones y gemidos y te hace dichoso
en la tierra.

Tu esposa Ana concebirá y parirá una hija que será bendita entre las mujeres (Lc., 1, 42) y las naciones la conocerán por Bienaventurada (Mt., 1, 20).

El que es Dios eterno, increado y criador de todo, y en sus juicios rectísimo, poderoso y fuerte, me envía a ti, porque le han sido aceptas tus obras y limosnas.

Y la caridad ablanda el pecho del Todopoderoso y apresura sus
misericordias, que liberal quiere enriquecer tu casa y familia con la hija que concebirá Ana y el mismo Señor la pone por nombre MARÍA.

Y desde su niñez ha de ser consagrada a su templo, y en él a Dios, como se lo habéis prometido.

Será grande, escogida, poderosa y llena del Espíritu Santo y por la esterilidad de Ana será milagrosa su concepción y la hija será en vida y obras toda prodigiosa.

Alaba, Joaquín, al Señor por este beneficio, engrandécele, pues con ninguna nación hizo tal cosa.

Subirás a dar gracias al Templo de Jerusalén y, en testimonio de que te anuncio esta verdad y alegre nueva, en la Puerta Áurea encontrarás a tu hermana Ana, que por la misma causa irá al templo.

Y te advierto que es maravillosa esta embajada, porque la concepción de esta niña alegrará el cielo y la tierra.

   Todo esto le sucedió a San Joaquín en un sueño que se le dio en la prolija oración que hizo, para que en él recibiese esta embajada, al modo que sucedió después al Santo José, esposo de María Santísima, cuando se le manifestó ser su preñado por obra del Espíritu Santo (Mt., 1, 20).



Despertó el dichosísimo San Joaquín con especial júbilo de su alma y, con prudencia candida y advertida, escondió en su corazón el sacramento del Rey (Tob., 12, 7); y con viva fe y
esperanza derramó su espíritu en la presencia del Altísimo y, convertido en ternura y agradecimiento, le dio gracias y alabó sus inescrutables juicios; y para hacerlo mejor, se fue al templo, como se lo habían ordenado.

 En el mismo tiempo que sucedió esto a San Joaquín, estaba la dichosísima Santa Ana en altísima oración y contemplación, toda elevada en el Señor y en el misterio de la Encarnación que esperaba del Verbo Eterno, de que el mismo Señor le había dado altísimas inteligencias y especialísima luz infusa.

Y con profunda humildad y viva fe estaba pidiendo a Su Majestad acelerase la venida del Reparador del linaje humano, y hacía esta oración:

Altísimo Rey y Señor de todo lo creado, yo, vil y despreciada criatura, pero hechura de vuestras manos, deseara con dar la vida que de vos, Señor, he recibido obligaros para que Vuestra dignación abreviara el tiempo de nuestra salud.

¡Oh, si Vuestra piedad infinita se inclinase a nuestra necesidad! ¡Oh, si nuestros ojos vieran ya al Reparador y Redentor de los hombres!
Acordaos, Señor, de las antiguas misericordias que habéis hecho
con vuestro pueblo, prometiéndole vuestro Unigénito, y obligúeos esta determinación de infinita piedad.

Llegue ya, llegue este día tan deseado.

¡Es posible que el Altísimo ha de bajar de su Santo Cielo!
¡Es posible que ha de tener Madre en la tierra!
¡Qué mujer será tan dichosa y bienaventurada!
¡Oh, quién pudiera verla!
¡Quién fuera digna de servir a sus siervas!

Bienaventuradas las generaciones que la vieren, que podrán postrarse a sus pies y adorarla.

¡Qué dulce será su vista y conversación!

Dichosos los ojos que la vieren y los oídos que la oyeren sus palabras y la familia que eligiere el Altísimo para tener Madre en ella.

Ejecútese ya, Señor, este decreto, cúmplase ya vuestro divino beneplácito.
En esta oración y coloquios estaba ocupada santa Ana después de las inteligencias que había recibido de este inefable misterio y confería todas las razones que quedan dichas con el Santo Ángel de su guarda, que muchas veces, y en esta ocasión con más
claridad, se le manifestó.

Y ordenó el Altísimo que la embajada de la concepción de su Madre Santísima fuese en algo semejante a la que después se había de hacer de su inefable Encarnación.

 Porque Santa Ana estaba meditando con humilde fervor en la que había de ser Madre de la Madre del Verbo Encarnado, y la Virgen Santísima hacía los mismos actos y propósitos para la
que había de ser Madre de Dios, como en su lugar diré
(Cf. p. II n. 117).

 Y fue uno mismo el Ángel de las dos embajadas, y en forma humana, aunque con más hermosura y misteriosa apariencia se apareció a la Virgen María.

 Entró el Santo Arcángel Gabriel en forma humana, hermoso y refulgente más que el sol, a la presencia de Santa Ana y díjole:

Ana, sierva del Altísimo, Ángel del Consejo de Su Alteza soy, enviado de las alturas por su Divina dignación, que mira a los humildes en la tierra (Sal., 137, 6). Buena es la oración incesante y la confianza humilde.

El Señor ha oído tus peticiones, porque está cerca de los que le llaman (Sal., 144, 18) con viva fe y esperanza y aguardan con rendimiento. Y si se dilata el cumplimiento de los clamores y se detiene en conceder las peticiones de los justos, es para mejor disponerlos y más obligarse a darles mucho más de lo que piden y
desean.

La oración y limosna abren los tesoros del Rey omnipotente (Tob., 12, 8) y le inclinan a ser rico en misericordias con los que le ruegan.

Tú y Joaquín habéis pedido fruto de bendición; y el Altísimo ha determinado dárosle admirable y santo y con él enriqueceros de dones celestiales, concediéndoos mucho más de lo que habéis
pedido.

 Porque habiéndoos humillado en pedir, se quiere el Señor engrandecer en concederos vuestras peticiones; que le es muy agradable la criatura cuando humilde y confiada le pide no coartando su infinito poder.

Persevera en la oración y pide sin cesar el remedio del linaje humano para obligar al Altísimo.

Moisés con oración interminada hizo que venciese el pueblo (Ex., 17,11).

Ester con oración y confianza le alcanzó libertad de la muerte.

Judit por la misma oración fue esforzada en obra tan ardua como intentó para defender a Israel; y lo consiguió, siendo mujer flaca y débil.

David salió victorioso contra Goliat, porque oró invocando el nombre del Señor.

Elías alcanzó fuego del cielo para su sacrificio y con la oración abría y cerraba los cielos.

La humildad, la fe y limosnas de Joaquín y las tuyas llegaron al Trono del Altísimo y me envió a mí, Ángel suyo, para que anuncie nuevas de alegría para tu espíritu; porque Su Alteza quiere que seas dichosa y bienaventurada.

Elígete por madre de la que ha de engendrar y parir al Unigénito
del Padre.

Parirás una hija que por Divina ordenación se llamará María.

Será bendita entre las mujeres y llena del Espíritu Santo.

 Será la nube (3 Re., 18, 44) que derramará el rocío del Cielo para refrigerio de los mortales y en ella se cumplirán las profecías de vuestros Antiguos Padres.

Será la puerta de la vida y de la salud para los hijos de Adán. Y advierte que a Joaquín le he evangelizado que tendrá una hija que será dichosa y bendita, pero el Señor reservó el sacramento, no manifestándole que había de ser Madre del Mesías. Y por esto debes tú guardar este secreto; y luego irás al Templo a dar gracias al Altísimo, porque tan liberal te ha favorecido su poderosa diestra.
Y en la Puerta Áurea encontrarás a Joaquín, donde conferirás
estas nuevas.
Pero a ti, bendita del Señor, quiere Su Grandeza visitarte y enriquecerte con sus favores más singulares y en soledad te hablará al corazón (Os., 2, 14) y dará origen a la Ley de Gracia, dando ser en tu vientre a la que ha de vestir de carne mortal al inmortal Señor, dándole forma humana; y en esta humanidad unida al Verbo se escribirá con su sangre la verdadera Ley de
Misericordia (Heb., 9, 12).

Para que el humilde corazón de Santa Ana con esta embajada no desfalleciera en admiración y júbilo de la nueva que le daba el Santo Ángel, fue confortada por el Espíritu Santo su flaqueza; y así la oyó y recibió con dilatación de su ánimo y alegría incomparable.

Y luego se levantó y fue al Templo de Jerusalén y topó a San
Joaquín, como el Ángel les había dicho a entrambos. Y juntos dieron gracias al Autor de esta maravilla y ofrecieron dones particulares y sacrificios.

 Fueron de nuevo iluminados de la gracia del Divino Espíritu y, llenos de consolación Divina, se volvieron a su casa, confiriendo
los favores que del Altísimo habían recibido y cómo el Santo Arcángel Gabriel a cada uno singularmente les había hablado y prometido de parte del Señor que les daría una hija que fuese muy dichosa y bienaventurada.

Y en esta ocasión también se manifestaron el uno al otro cómo el mismo Santo Ángel antes de tomar estado les había mandado que los dos juntos le recibiesen por la voluntad divina, para servirle juntos.

 Éste secreto habían celado veinte años sin comunicarle uno a otro, hasta que el mismo Ángel les prometió la sucesión de tal hija.

Y de nuevo hicieron voto de ofrecerla al Templo y que todos
los años en aquel día subirían a él con particulares ofrendas y le gastarían en alabanza y hacimiento de gracias y darían muchas limosnas.

Y así lo cumplieron después e hicieron grandes cánticos de loores y alabanzas al Altísimo.

Nunca descubrió la prudente matrona Ana el secreto a San Joaquín, ni a otra criatura alguna, de que su hija había de ser Madre del Mesías; ni el santo padre en el discurso de la vida conoció más de que sería grande y misteriosa mujer; pero en los últimos alientos, antes de la muerte, se lo manifestó el Altísimo, como diré en su lugar (Cf. infra n. 669).

Y aunque se me ha dado grande inteligencia de las virtudes y santidad de los dos padres de la Reina del cielo, no me detengo más en declarar lo que todos los fieles debemos suponer; y por
llegar al principal intento.

Hizo Dios un singular favor a Santa Ana. Tuvo una visión o aparecimiento de Su Majestad intelectualmente y por altísimo modo; y comunicándole en él grandes inteligencias y dones de gracias, la dispuso y previno con bendiciones de dulzura (Sal., 20, 4); y purificándola toda, espiritualizó la parte inferior del cuerpo y elevó su alma y espíritu, de suerte que desde aquel día jamás atendió a cosa humana que la impidiese para no tener puesto en
Dios todo el afecto de su mente y voluntad, sin perderla jamás de vista.

Díjola el Señor en este beneficio:

Ana, sierva mía, yo soy Dios de Abrahán, Isaac y Jacob; mi bendición y luz eterna es contigo.

 Yo formé al hombre para levantarle del polvo y hacerle heredero de mi gloria y participante de mi Divinidad; y aunque en él deposité muchos dones y le puse en lugar y estado muy perfecto,
pero oyó a la serpiente y perdiólo todo.

 Yo de mi beneplácito, olvidando su ingratitud, quiero reparar sus
daños y cumplir lo que a mis siervos y profetas tengo prometido de enviarles mi Unigénito y su Redentor.

Los cielos están cerrados, los Padres Antiguos detenidos, sin ver mi cara y darles yo el premio que tengo prometido de mi eterna gloria; y la inclinación de mi bondad infinita está como violentada no comunicándose al linaje humano.

Quisiera ya usar con él de mi liberal misericordia y darle la persona del Verbo Eterno, para que se haga hombre, naciendo de mujer que sea madre y virgen inmaculada, pura, bendita y santa sobre todas las criaturas; y de esta mi escogida y única (Cant., 6, 8) te hago madre.

Los efectos que hicieron estas palabras del Altísimo en el Cándido corazón de Santa Ana, no los puedo yo fácilmente explicar, siendo ella la primera de los nacidos a quien se le reveló el misterio de su Hija Santísima, que sería Madre de Dios y nacería de sus entrañas la elegida para el mayor sacramento del poder Divino.

Y convenía así que ella lo conociese, porque la había de parir y criar como pedía este misterio y saber estimar el tesoro que poseía.

Oyó con humildad profunda la voz del Muy Alto, y con rendido corazón respondió:

Señor, Dios eterno, condición es de vuestra bondad inmensa y obra de vuestro brazo poderoso levantar del polvo al que es pobre y despreciado (Sal., 112, 7).

Yo, Señor Altísimo, me reconozco indigna criatura de tales misericordias y beneficios. ¿Qué hará este vil gusanillo en vuestra presencia? Sólo puedo ofreceros en agradecimiento
Vuestro mismo ser y grandeza y en sacrificio mi alma y mis potencias.

 Haced de mí, Señor mío, a Vuestra voluntad, pues toda me dejo en ella.

Yo quisiera ser tan dignamente vuestra como pide este favor; pero, ¿qué haré que no merezco ser esclava de la que ha de ser
Madre de Vuestro Unigénito e hija mía? Así lo conozco y lo confesaré siempre y de mí que soy pobre; pero a los pies de vuestra grandeza estoy aguardando que uséis conmigo de Vuestra misericordia, pues sois Padre piadoso y Dios omnipotente.

Hacedme, Señor, cual me queréis, según la dignidad que me dais.

Tuvo en esta visión Santa Ana un éxtasis maravilloso, en que le fueron concedidas altísimas inteligencias de las leyes de la naturaleza, escrita y evangélica; y conoció cómo la Divina naturaleza en el Verbo eterno se había de unir a la nuestra y cómo la humanidad santísima sería levantada al ser de Dios y otros muchos misterios de los que se habían de obrar en la Encarnación del Verbo divino; y con estas ilustraciones y otros divinos dones de gracia la dispuso el Altísimo para la concepción y creación del alma de su Hija Santísima y Madre de Dios.


Cómo el Altísimo manifestó a los santos ángeles el tiempo determinado y oportuno de la concepción de María Santísima
 y los que le señaló para su guarda.

En el Tribunal de la voluntad Divina, como en principio inevitable y causa universal de todo lo criado, se decretan y determinan todas las cosas que han de ser, con sus condiciones y circunstancias, sin haber alguna que se olvide, ni tampoco después de determinada la pueda impedir otra potencia creada.

Todos los orbes y los moradores que en ellos se contienen dependen de este inefable gobierno, que a todos acude y concurre con las causas naturales, sin haber faltado ni poder faltar un punto a lo necesario.

Todo lo hizo Dios y lo sustenta con solo su querer y en Él está el conservar el ser que dio a todas las cosas, o aniquilarlas volviéndolas al no ser de
donde las creó.

 Pero como las creó todas para su gloria y del Verbo Humanado, así desde el principio de la creación fue disponiendo los caminos y abriendo las sendas por donde el mismo Verbo bajase a tomar carne humana y vivir con los hombres; y ellos subiesen a Dios,
le conozcan, le teman, le busquen, le sirvan y amen, para alabarle eternamente y gozarle.

Admirable ha sido su nombre en la universidad de las tierras (Sal., 8, 11) y engrandecido en la plenitud y congregación de los Santos, con que ordenó y compuso pueblo aceptable (Tit., 2, 14) de quien el Verbo Humanado fuese Cabeza.

Y cuando estaba todo en la última y conveniente disposición, en que su Providencia lo había querido poner, y llegando el tiempo por ella determinado para criar la mujer maravillosa vestida del
sol (Ap., 12, 1) que apareció en el Cielo, la que había de alegrar y enriquecer la tierra, para formarla en ella decretó la Santísima Trinidad lo que, en mis cortas razones y concepto de lo que he entendido, manifestaré.

Ya queda dicho arriba (Cf. supra n. 34) cómo para Dios no hay pretérito ni futuro, porque todo lo tiene presente en su mente Divina infinita y lo conoce con un acto simplicísimo; pero, reduciéndolo a nuestros términos y modo limitado de entender, consideramos que Su Majestad miró a los decretos que tenía hechos de criar Madre conveniente y digna para que el Verbo se
humanase; porque el cumplimiento de sus decretos es
inevitable.

Y llegando ya el tiempo oportuno y determinado, las tres Divinas Personas en sí mismas dijeron:

 Tiempo es ya que demos principio a la obra de nuestro beneplácito, y criemos aquella pura criatura y alma que ha de hallar gracia en nuestros ojos sobre todas las demás.

Dotémosla de ricos dones y depositemos en ella sola los mayores tesoros de nuestra gracia.

Y pues todo el resto de las demás que dimos ser nos han salido ingratas y rebeldes a nuestra voluntad, oponiéndose a Nuestro intento de que se conservasen en el primero y feliz estado en que criamos a los primeros hombres y ellos le impidieron por su culpa, y no es conveniente que en todo Nuestra voluntad quede
frustrada, criemos en toda santidad y perfección a esta criatura, en quien no tenga parte el desorden del primer pecado.

Criemos un alma de Nuestros deseos un fruto de nuestros atributos, un prodigio de nuestro infinito poder, sin que le ofenda ni la toque la mácula del pecado de Adán.

Hagamos una obra que sea objeto de Nuestra omnipotencia y muestra de la perfección que disponíamos para Nuestros hijos y el fin del dictamen que tuvimos en la creación.

Y pues han prevaricado todos en la voluntad libre y determinación del primer hombre (Rom., 5, 12), sea esta sola criatura en quien restauremos y ejecutemos lo que, desviándose de nuestro querer, ellos perdieron.

Sea única imagen y similitud de Nuestra Divinidad y sea en Nuestra presencia por todas las eternidades complemento de Nuestro beneplácito y agrado.

 En ella depositaremos todas las prerrogativas y gracias que en Nuestra primer y condicional voluntad destinamos para los ángeles y hombres, si en el primer estado se conservaran.

Y si ellos las perdieron, renovémoslas en esta criatura y añadiremos a estos dones otros muchos y no quedará en todo frustrado el decreto que tuvimos, antes mejorado en esta nuestra electa y única (Cant., 6, 8).

Y pues determinamos lo más santo y prevenimos lo mejor para las criaturas, y lo más perfecto y loable y ellas lo perdieron, encaminemos el corriente de nuestra bondad para nuestra amada y saquémosla de la ley ordinaria de la formación de todos los mortales, para que en ella no tenga parte la semilla de la serpiente.

Yo quiero descender del cielo a sus entrañas y en ellas vestirme con su misma sustancia de la naturaleza humana.

Justo es y debido que la divinidad de bondad infinita se deposite y encubra en materia purísima, limpia y nunca manchada con la culpa.

Ni a nuestra equidad y providencia conviene omitir lo más decente, perfecto y santo por lo que es menos, pues a nuestra voluntad no hay resistencia (Est., 13, 9).

El Verbo, que se ha de humanar, siendo Redentor y Maestro de los hombres, ha de fundar la Ley perfectísima de la gracia y enseñar en ella a obedecer y honrar al padre y a la madre (Mt., 15,4) como causas segundas de su ser natural.

Esta ley se ha de ejecutar primero honrando el Verbo Divino a la que ha elegido para Madre suya, honrándola y dignificándola con brazo poderoso y previniéndola con lo más admirable, más santo, más excelente de todas las gracias y dones. Y entre ellos será la honra y beneficio más singular no sujetarla a nuestros enemigos ni a su malicia; y así ha de ser libre de la muerte de la culpa.

En la tierra ha de tener el Verbo madre sin padre, como en el cielo padre sin madre. Y para que haya debida proporción y consonancia llamando a Dios Padre y a esta mujer Madre, queremos que sea tal que se guarde la correspondencia e igualdad posible entre Dios y la criatura, para que en ningún tiempo el dragón pueda gloriarse fue superior a la mujer a quien obedeció Dios como a verdadera madre.

Esta dignidad de ser libre de culpa es debida y correspondiente a la que ha de ser Madre del Verbo y para ella por sí misma más estimable y provechosa, pues mayor bien es ser santa que ser
madre sola; pero al ser Madre de Dios le conviene toda la santidad y perfección.

Y la carne, humana, de quien ha de tomar forma, ha de estar segregada del pecado; y habiendo de redimir en ella a los pecadores, no ha de redimir a su misma carne como a los demás, pues unida ella con la divinidad ha de ser redentora y por esto de
antemano ha de ser preservada, pues ya tenemos previstos y aceptados los infinitos merecimientos del Verbo en esa misma carne y naturaleza.

Y queremos que por todas las eternidades sea glorificado el Verbo Encarnado por su tabernáculo y gloriosa habitación de la
humanidad que recibió.

Hija ha de ser del primer hombre, pero, en cuanto a la gracia, singular, libre y exenta de su culpa y, en cuanto a lo natural, ha de ser perfectísima y formada con especial providencia.

Y porque el Verbo humanado ha de ser maestro de la humildad y santidad y para este fin son medio conveniente los trabajos que ha de padecer, confundiendo la vanidad y falacia engañosa de los mortales, y para sí ha elegido esta herencia por el tesoro más
estimable en nuestros ojos, queremos que también le toque esta parte a la que ha de ser Madre suya y que sea única y singular en la paciencia, admirable en el sufrir, y que con su Unigénito ofrezca sacrificio de dolor aceptable a nuestra voluntad y de mayor gloria para ella.

Este fue el decreto que las tres Divinas Personas manifestaron a los Santos Ángeles, exaltando la gloria y veneración de sus santísimos, altísimos, investigables juicios. Y como su Divinidad es espejo voluntario que en la misma visión beatífica manifiesta, cuando es servido, nuevos Misterios a los Bienaventurados, hizo ésta demostración nueva de su grandeza, en que viesen el orden admirable y armonía tan consonante de sus obras.

Y todo fue consiguiente a lo que dijimos en los capítulos antecedentes (Cf. supra c. 7 y 8) que hizo el Altísimo en la creación de los Ángeles, cuando les propuso habían de reverenciar y conocer por superior al Verbo Humanado y
a su Madre Santísima; porque llegado ya el tiempo destinado para la formación de esta Reina, convenía no lo ocultase el Señor que todo lo dispone en medida y peso (Sab., 11, 21).

Fuerza es que, con términos humanos y tan limitados como los que yo alcanzo, se oscurezca la inteligencia que me ha dado el Altísimo de tan ocultos Misterios, pero con limitación diré lo que pudiere de lo que manifestó el Señor a los Ángeles en esta ocasión.

Ya es llegado el tiempo —añadió Su Majestad— determinado por Nuestra Providencia para sacar a luz la criatura más grata y acepta a nuestros ojos, la restauradora de la primera culpa del linaje humano, la que al dragón ha de quebrantar la cabeza (Gén., 3, 15), la que señaló aquella singular mujer que por señal grande apareció (Ap., 12, 1) en Nuestra presencia y la que vestirá de carne humana al Verbo Eterno.

Ya se acercó la hora tan dichosa para los mortales, para
franquearles los tesoros de nuestra Divinidad y hacerles con esto patentes las puertas del Cielo.

 Deténgase ya el rigor de Nuestra justicia en los castigos que hasta ahora ha ejecutado con los hombres y conózcase el de Nuestra Misericordia, enriqueciendo a las criaturas, mereciéndoles el Verbo Humanado las riquezas de la gracia y
gloria eterna.

 Tenga ya el linaje humano reparador, maestro, medianero, hermano y amigo, que sea vida para los muertos, salud para los enfermos, consuelo para los tristes, refrigerio para los afligidos, descanso y compañero para los atribulados.

Cúmplanse ya las profecías de nuestros siervos y las promesas que les hicimos de enviarles Salvador que les redimiese. Y para
que todo se ejecute a Nuestro beneplácito y demos principio al sacramento escondido desde la constitución del mundo, elegimos para la formación de María Nuestra querida el vientre de nuestra sierva Ana, para que en él sea concebida y sea criada su alma dichosísima.

Y aunque su generación y formación han de ser por el común orden de la natural propagación, pero con diferente orden de gracia, según la disposición de nuestro inmenso poder.

 Ya sabéis cómo la antigua serpiente, después de la señal que vio de esta maravillosa Mujer, las anda rodeando a todas; y desde la primera que criamos, persigue con astucia y asechanzas a las que conoce más perfectas en su vida y obras, pretendiendo topar entre todas a la que ha de hollar y quebrantar su cabeza.

 Y cuando atento a esta purísima e inculpable criatura la reconociere tan santa, pondrá todo su esfuerzo en perseguirla según el concepto que de ella hiciere.

 La soberbia de este dragón será mayor que su fortaleza (Is.,16, 6), pero Nuestra voluntad es que de esta Nuestra Ciudad Santa y Tabernáculo del Verbo Humanado tengáis especial cuidado y protección, para guardarla, asistirla y defenderla de nuestros enemigos y para iluminarla, confortarla y consolarla con digno cuidado y reverencia mientras fuere viadora entre los mortales.

A esta proposición que hizo el Altísimo a los Santos Ángeles, todos con humildad profunda, como postrados ante el Real Trono de la Santísima Trinidad, se mostraron rendidos y prontos a su Divino mandato.

Y cada cual con santa emulación deseaba ser enviado y se ofrecía a tan feliz ministerio y todos hicieron al Altísimo himnos de
alabanza y cantar nuevo, porque llegaba ya la hora en que veían el cumplimiento de lo que con ardentísimos deseos habían por muchos siglos suplicado.

Conocí en esta ocasión que, desde aquella batalla grande que San
Miguel tuvo en el Cielo con el dragón y sus aliados y fueron arrojados a las tinieblas sempiternas, quedando los ejércitos de San Miguel victoriosos y confirmados en gracia y gloria, comenzaron luego estos santos espíritus a pedir la ejecución de los misterios de la Encarnación del Verbo que allí conocieron; y en estas peticiones repetidas perseveraron hasta la hora que les manifestó Dios el cumplimiento de sus deseos y peticiones.

Por esta razón los espíritus celestiales con esta nueva revelación recibieron nuevo júbilo y gloria accidental y dijeron al Señor:

Altísimo e incomprensible Señor y Dios nuestro, digno eres de toda reverencia, alabanza y gloria eterna; y nosotros somos tus criaturas criadas por tu Divina voluntad.
Envíanos, Señor poderosísimo, a la ejecución de tus maravillosas obras y Misterios, para que en todos y en todo se cumpla tu justísimo beneplácito.

Con estos efectos se reconocían los celestiales príncipes por inferiores y, si posible fuera, deseaban ser más puros y perfectos para ser dignos de guardarla y servirla.

 Determinó luego el Altísimo y señaló quiénes habían de ocuparse en tan alto ministerio y de los nueve coros eligió de cada uno ciento, que son novecientos.

Y luego señaló otros doce para que más de ordinario la asistiesen
en forma corporal y visible; y tenían señales o divisas de la redención; y éstos son los doce que refiere el capítulo 21 del Apocalipsis (Ap., 21, 12) que guardaban las puertas de la ciudad, y de ellos hablaré en la declaración de aquel capítulo que pondré adelante (Cf. infra n. 273).

Fuera de éstos señaló el Señor otros diez y ocho Ángeles de los más superiores, para que subiesen y descendiesen por esta escala mística de Jacob con embajadas de la Reina a Su Alteza y del mismo Señor a ella; porque muchas veces los enviaba al eterno Padre para ser gobernada en todas sus acciones por el Espíritu Santo, pues ninguna hizo sin su Divino beneplácito y aun en las cosas pequeñas le procuraba saber.

 Y cuando con especial ilustración no era enseñada, enviaba con estos Santos Ángeles a representar al Señor su duda y deseo
de hacer lo más agradable a su voluntad santísima y saber qué la mandaba, como en el discurso de esta Historia diremos.

Sobre todos estos Santos Ángeles señaló y nombró el Altísimo otros setenta serafines de los más supremos y allegados al Trono de la Divinidad, para que confiriesen con la Princesa del Cielo y la comunicasen, por el mismo modo que ellos mismos entre sí comunican y hablan y los superiores iluminan a los inferiores.

 Y este beneficio le fue concedido a la Madre de Dios, aunque era superior en la dignidad y gracia a todos los serafines, porque era viadora y en naturaleza inferior.

 Y cuando alguna vez se le ausentaba y escondía el Señor, como adelante veremos (Cf. infra n. 678 y 728), estos setenta serafines la ilustraban y consolaban y con ellos confería los afectos de su ardentísimo amor y sus ansias por el tesoro escondido.

El número de setenta en este beneficio tuvo correspondencia a los años de su vida santísima, que fueron no sesenta, sino setenta, como diré en su lugar (Cf. p. III n. 742).

En este número se encierran aquellos sesenta fuertes que, en el capítulo 3 de los Cantares (Cant., 3, 7), se dice guardaban el tálamo o lecho de Salomón, escogidos de los más valientes de Israel, ejercitados en la guerra, con espadas ceñidas por los temores de la noche.

Estos príncipes y capitanes esforzados fueron señalados para guarda de la Reina del Cielo entre los más supremos de los órdenes jerárquicos; porque, en aquella antigua batalla que hubo en el Cielo entre los espíritus humildes contra el soberbio dragón, fueron como señalados y armados caballeros por el Supremo Rey de todo lo criado, para que con la espada de su
virtud y palabra Divina peleasen y venciesen a Lucifer con todos los apostatas que le siguieron.

Y porque en esta gran pelea y victoria se aventajaron estos supremos Serafines en el celo de la honra del Altísimo, como
capitanes esforzados y diestros en el amor divino, y estas armas de la gracia les fueron dadas por virtud del Verbo humanado, cuya honra, como de su Cabeza y Señor, defendieron, y con ella juntamente la de su Madre Santísima, por esto dice que guardaban el tálamo de Salomón y le hacían escolta y que tenían ceñidas sus espadas en aquella parte que significa la humana
generación (Cant., 3, 8), y en ella la humanidad de Cristo Señor nuestro concebida en el tálamo virginal de María de su purísima sangre y sustancia.

Los otros diez Serafines que restan para cumplir el número de setenta, fueron también de los superiores de aquel primer orden que contra la antigua serpiente manifestaron más reverencia de la divinidad y humanidad del Verbo y de su Madre santísima; que para todo esto hubo lugar en aquel breve conflicto de los Santos Ángeles.

Y a los principales caudillos que allí hubo se les dio como por especial honra que lo fuesen también de los que guardaban a su Reina y Señora.

Y todos ellos juntos hacen número de mil ángeles, entre serafines y los demás de las órdenes inferiores; con que esta ciudad de Dios quedaba superabundantemente guarnecida contra
los ejércitos infernales.

Y para disponer mejor este invencible escuadrón fue señalado por su cabeza el príncipe de la milicia celestial San Miguel, que si bien no asistía siempre con la Reina, pero muchas veces la acompañaba y se le manifestaba.

Y el Altísimo le destinó para que en algunos Misterios, como especial embajador de Cristo Señor nuestro, atendiese a la guarda de su Madre Santísima.

Fue asimismo señalado el Santo Príncipe Gabriel, para que del Eterno Padre descendiese a las legacías y ministerios que tocasen a la Princesa del Cielo.

 Y esto fue lo que ordenó la Santísima Trinidad para su ordinaria
defensa y custodia.

Todo este nombramiento fue gracia del Altísimo; pero tuve inteligencia que guardó en él algún orden de justicia distributiva, porque su equidad y providencia tuvo atención a las obras y voluntad con que los Santos Ángeles admitieron los Misterios que en el principio les fueron revelados de la Encarnación del Verbo y de su Madre Santísima; porque en obsequio de la Divina voluntad unos se movieron con diferentes afectos e inclinaciones que otros a los sacramentos que se les propusieron.

Y no en todos fue una misma la gracia, ni la voluntad y sus afectos; antes unos se inclinaron con especial devoción, conociendo la unión de las dos naturalezas Divina y humana en la Persona del Verbo, encubierta en los términos de un cuerpo humano y levantada a ser cabeza de todo lo criado; otros con este afecto se movían de admiración de que el Unigénito del
Padre se hiciese pasible y tuviese, tanto amor a los hombres que se ofreciese a morir por ellos; otros se señalaban en la alabanza de que hubiese de criar un alma y cuerpo de tan suprema excelencia, que fuese sobre todos los espíritus celestiales, y de ella tomase carne humana el Criador de todos.

Según estos movimientos y en su correspondencia, y como en premio accidental, fueron señalados los Santos Ángeles para los
Misterios de Cristo y de su Purísima Madre, como serán premiados los que en esta vida se señalan con alguna virtud, como los doctores y vírgenes, etc., con sus laureolas.

 Por esta correspondencia, cuando a la Madre de Dios se le manifestaban corporalmente estos Santos  Príncipes, como diré adelante , descubrían unas divisas y veneras que representaban unos de la Encarnación, otros de la Pasión de Cristo Señor nuestro, otros de la misma  Reina y de su grandeza y dignidad; aunque no luego la conoció cuando comenzaron a manifestársele, porque el Altísimo mandó a todos estos Santos Ángeles que no la
declarasen había de ser Madre de su Unigénito hasta el tiempo destinado por su Divina sabiduría, pero que siempre tratasen con ella de estos sacramentos y misterios de la encarnación y redención humana, para fervorizarla y moverla a sus peticiones.

 Tardas son las lenguas humanas y cortos mis términos y palabras para manifestar tan alta luz e inteligencias.

De la Concepción Inmaculada de María Madre de Dios por la virtud del poder divino.

Prevenidas tenía la Divina sabiduría todas las cosas, para sacar en limpio del borrón de toda la naturaleza a la Madre de la gracia.

Estaba ya junta y cumplida la congregación y número de los Patriarcas antiguos y Profetas y levantados los altos montes sobre quien se debía edificar esta ciudad mística de Dios (Sal., 86, 1-3).

Habíale señalado con el poder de su diestra incomparables tesoros de su Divinidad para dotarla y enriquecerla.

Teníale mil Ángeles aprestados para su guarnición y custodia y que la sirviesen como vasallos fidelísimos a su Reina y Señora.

Preparóle un linaje real y nobilísimo de quien descendiese; y escogióle padres santísimos y perfectísimos de quien inmediatamente naciese, sin haber otros más santos en aquel siglo; que si los hubiera, y fueran mejores y más idóneos para padres de la que el mismo Dios elegía por Madre, los escogiera
el Todopoderoso.

Dispúsolos con abundante gracia y bendiciones de su diestra y los enriqueció con todo género de virtudes y con iluminación de la Divina ciencia y dones del Espíritu Santo.

Tenían los padres de edad, cuando se casaron, santa Ana veinte y cuatro años y Joaquín cuarenta y seis.

Pasaronse veinte años después del matrimonio sin tener hijos y así tenía la madre, al tiempo de la concepción de la hija, cuarenta y cuatro años, y el padre sesenta y seis.

Y aunque fue por el orden común de las demás concepciones, pero la virtud del Altísimo le quitó lo imperfecto y desordenado y le dejó lo necesario y preciso de la naturaleza, para que se administrase la materia debida de que se había de formar el cuerpo más excelente que hubo ni ha de haber en pura criatura.


Puso Dios término a la naturaleza en los padres y la gracia previno que no hubiese culpa ni imperfección, pero virtud y merecimiento y toda medida en el modo; que siendo natural y común, fue gobernado, corregido y perfeccionado con la fuerza de la divina gracia, para que ella hiciese su efecto sin estorbo de la naturaleza.

Y en la santísima Ana resplandeció más la virtud de lo alto por la
esterilidad natural que tenía; con lo cual de su parte el concurso fue milagroso en el modo y en la sustancia más puro; y sin milagro no podía concebir, porque la concepción que se hace sin él y por sola natural virtud y orden, no ha de tener recurso ni dependencia inmediata de otra causa sobrenatural, más que de sola la de los padres, que así como concurren naturalmente al efecto de la propagación, así también administran la materia y
concurso con imperfección y sin medida.

 Pero en esta concepción, aunque el padre no era naturalmente infecundo, por la edad y templanza estaba ya la naturaleza corregida y casi atenuada; y así fue por la divina virtud animada y reparada y prevenida, de suerte que pudo obrar y obró de su parte con toda perfección y tasa de las potencias y proporcionadamente a la esterilidad de la madre.

 Y en entrambos concurrieron la naturaleza y la gracia: aquélla cortés, medida, y sólo en lo preciso e inexcusable, y ésta superabundante, poderosa y excesiva, para absorber a la misma
naturaleza no confundiéndola, pero realzándola y mejorándola
con modo milagroso, de suerte que se conociese cómo la gracia había tomado por su cuenta esta concepción, sirviéndose de la naturaleza lo que bastaba para que esta inefable hija tuviese padres naturales.

Y el modo de reparar la esterilidad de la santísima madre Ana, no fue restituyéndole el natural temperamento que le faltaba a la potencia natural para concebir, para que así restituido concibiese como las demás mujeres sin diferencia; pero el Señor concurrió
con la potencia estéril con otro modo más milagroso, para que administrase materia natural de que se formase el cuerpo.

 Y así la potencia y la materia fueron naturales; pero el modo de moverse fue por milagroso concurso de la virtud divina.

 Y cesando el milagro de esta admirable concepción, se quedó la madre en su antigua esterilidad para no concebir más, por no habérsele quitado ni añadido nueva calidad al temperamento natural.

 Este milagro me parece se entenderá con el que hizo Cristo
Señor nuestro cuando San Pedro anduvo sobre las aguas
(Mt., 14, 29), que para sustentarlo no fue necesario endurecerlas ni convertirlas en cristal o hielo sobre que anduviese naturalmente, y pudieran andar otros sin milagro más del que se hiciera en endurecerlas; pero sin convertirlas en duro hielo, pudo el Señor hacer que sustentasen al cuerpo del Apóstol concurriendo con ellas milagrosamente, de suerte que pasado el milagro se hallaron las aguas líquidas; y aun lo estaban también
mientras San Pedro corría por ellas, pues comenzó a zozobrar y a anegarse; y sin alterarlas con nueva calidad se hizo el milagro.

 Muy semejante a éste, aunque mucho más admirable, fue el milagro de concebir Ana, madre de María Santísima; y así estuvieron en esto sus padres gobernados con la gracia, tan abstraídos de la concupiscencia y delectación, que le faltó aquí a la culpa original el accidente imperfecto que de ordinario
acompaña a la materia o instrumento con que se comunica.

Quedó sólo la materia desnuda de imperfección, siendo la acción meritoria.

Y así por esta parte pudo muy bien no resultar el pecado en esta
concepción, teniéndolo por otra la Divina Providencia así determinado.

Y este milagro reservó el Altísimo para sola aquella que había de ser su Madre dignamente; porque siendo conveniente que en lo sustancial de su concepción fuese engendrada por el orden que los demás hijos de Adán, fue también convenientísimo y debido que, salvando la naturaleza, concurriese con ella la gracia en toda su virtud y poder; señalándose y obrando en ella sobre todos los hijos de Adán, y sobre el mismo Adán y Eva, que dieron principio a la corrupción de la naturaleza y su desordenada concupiscencia.

En esta formación del cuerpo purísimo de María anduvo tan vigilante —a nuestro modo de entender— la sabiduría y poder del Altísimo, que le compuso con gran peso y medida en la cantidad y calidades de los cuatro humores naturales, sanguíneo, melancólico, flemático y colérico; para que con la proporción perfectísima de esta mezcla y compostura ayudase sin impedimento las operaciones del alma tan santa como le había de animar y dar vida.

 Y este milagroso temperamento fue después como principio y causa en su género para la serenidad y paz que conservaron las potencias de la Reina del Cielo toda su vida, sin que alguno de estos humores le hiciese guerra ni contradicción, ni predominase a los otros, antes bien se ayudaban y servían recíprocamente para conservarse en aquella bien ordenada fábrica sin corrupción ni putrefacción; porque jamás la padeció el cuerpo de María Santísima ni le faltó ni le sobró cosa alguna, pero todas las calidades y cantidad tuvo siempre ajustadas en proporción, sin más ni menos sequedad o humedad de la necesaria para la conservación, ni más calor de lo que bastaba para la defensa y decocción, ni más frialdad de la que se pedía para refrigerar y ventilarse los demás humores.

Y no porque en todo era este cuerpo de tan admirable compostura dejó de sentir la contrariedad de las inclemencias del calor, frío y las demás influencias de los astros, antes bien cuanto era más medido y perfecto tanto le ofendía más cualquier extremo por la parte que tiene menos del otro contrario con que defenderse; aunque en tan atemperada complexión los contrarios
hallaban menos que alterar y en que obrar, pero por la delicadeza era lo poco más sensible que en otros cuerpos lo mucho.

 No era aquel milagroso cuerpo que se formaba en el vientre de Santa Ana capaz de dones espirituales antes de tener alma, mas éralo de los dones naturales; y éstos le fueron concedidos por orden y virtud sobrenatural con tales condiciones como convenían para el fin de la gracia singular a que se ordenaba aquella formación sobre todo orden de naturaleza y gracia.

Y así le fue dada una complexión y potencias tan excelentes, que no podía llegar a formar otras semejantes toda la naturaleza por sí sola.

Y como a nuestros primeros padres Adán y Eva los formó la mano del Señor con aquellas condiciones que convenían para la justicia original y estado de la inocencia, y en este grado salieron aún más mejorados que sus descendientes si los tuvieran —porque las obras del Señor sólo son más perfectas—, a este modo obró su
omnipotencia, aunque en más superior y excelente modo, en la formación del cuerpo virginal de María Santísima; y tanto con mayor providencia y abundante gracia, cuanto excedía esta criatura no sólo a los primeros padres que habían de pecar luego, pero a todo el resto de las criaturas corporales y espirituales.

Y —a nuestro modo de entender— puso Dios más cuidado en sólo componer aquel cuerpecito de su Madre, que en todos los orbes
celestiales y cuanto se encierra en ellos.

 Y con esta regla se han de comenzar a medir los dones y privilegios de esta Ciudad de Dios, desde las primeras zanjas y
fundamentos sobre que se levantó su grandeza hasta llegar a ser inmediata y la más vecina a la infinidad del Altísimo.

Tan lejos como esto se halló el pecado, y el fomes de que resulta, en esta milagrosa concepción; pues no sólo no le hubo en la autora de la gracia, siempre señalada y tratada como con esta dignidad, pero aun en sus padres para concebirla estuvo enfrenado y atado, para que no se desmandase y perturbase a la naturaleza,
que en aquella obra se reconocía inferior a la gracia y sólo servía de instrumento al supremo Artífice, que es superior a las leyes de naturaleza y gracia.

Y desde aquel punto comenzaba ya a destruir al pecado y a minar
y batir el castillo del fuerte armado (Lc., 11, 21), para derribarle y despojarle de lo que tiránicamente poseía.

 Y el sábado, se hizo concepción, criando el Altísimo el alma de su Madre e infundiéndola en su cuerpo; con que entró en el mundo la pura criatura más santa, perfecta y agradable a sus ojos de cuantas ha criado y criará hasta el fin del mundo ni por sus
eternidades.

En la correspondencia que tuvo esta obra con la que hizo Dios criando todo el resto del mundo en siete días, como lo refiere el Génesis (Gén., 1, 1-31; 2, 1-3), tuvo el Señor misteriosa atención, pues aquí sin duda descansó con la verdad de aquella figura, habiendo criado la suprema criatura de todas, dando con ella
principio a la obra de la Encarnación del Verbo divino y a la Redención del linaje humano.

Y así fue para Dios este día como festivo y de pascua, y también para todas las criaturas.

Por este misterio de la Concepción de María Santísima ha ordenado el Espíritu Santo que el día del sábado fuese consagrado a la Virgen en la Santa Iglesia, como día en que se le hizo para ella el mayor beneficio, criando su alma santísima y uniéndola con su cuerpo, sin que resultase el pecado original ni efecto suyo.

 Y al instante de la creación e infusión del alma de María
Santísima, fue cuando la Beatísima Trinidad dijo aquellas palabras con mayor afecto de amor que cuando las
refiere Moisés (Gén., 1, 26):

Hagamos a María a Nuestra imagen y semejanza, a Nuestra verdadera Hija y Esposa para Madre del Unigénito de la sustancia del Padre.

Con la fuerza de esta divina palabra y del amor con que procedió de la boca del Omnipotente, fue criada e infundida en el cuerpo de María Santísima su alma dichosísima, llenándola al mismo instante de gracia y dones sobre los más altos serafines del cielo, sin haber instante en que se hallase desnuda ni privada de la luz, amistad y amor de su Criador, ni pudiese tocarle la mancha y oscuridad del pecado original, antes en perfectísima y suprema justicia a la que tuvieron Adán y Eva en su creación.

Fuele también concedido el uso de la razón perfectísimo y correspondiente a los dones de la gracia que recibía, no para estar sólo un instante ociosos, -mas para obrar admirables efectos de sumo agrado para su Hacedor.

En la inteligencia y luz de este gran misterio me confieso absorta y que mi corazón, por mi insuficiencia para explicarle, se convierte en afectos de admiración y alabanza, porque mi lengua enmudece.

Miro la verdadera arca del testamento, fabricada y enriquecida y colocada en el templo de una madre estéril con más gloria que la figurativa en casa de Obededón (Sam., 6, 11) y de David y en el templo de Salomón (3 Re.,8, 1ss); veo formado el altar en el Sancta Sanctorum ( Ib.,6), donde se ha de ofrecer el primer sacrificio que ha de vencer y aplacar a Dios; y veo salir de su orden a la naturaleza para ser ordenada y que se establecen
nuevas leyes contra el pecado, no guardando las comunes, ni de la culpa, ni de la naturaleza, ni de la misma gracia, y que se comienzan a formar otra nueva tierra y cielos nuevos (Is., 65, 17), siendo el primero el vientre de una humildísima mujer, a quien atiende la Santísima Trinidad y asisten innumerables cortesanos del antiguo cielo y se destinan mil Ángeles para hacer
custodia del tesoro de un cuerpecito animado de la cantidad de una abejita.

Y en esta nueva creación se oyó resonar con mayor fuerza aquella voz de su Hacedor que, de la obra de su omnipotencia agradado, dice que es muy buena (Gén., 1,31).

Llegue con humildad piadosa la flaqueza humana a esta maravilla y confiese la grandeza del Criador y agradezca el nuevo beneficio concedido a todo el linaje humano en su Reparadora.

 Y cesen ya los indiscretos celos y porfías, vencidas con la fuerza de la luz Divina; porque si la bondad infinita de Dios —como se me ha mostrado— en la Concepción de su Madre Santísima miró
al pecado original como airado y enojado con él, gloriándose de tener justa causa y ocasión oportuna para arrojarlo y atajar su corriente ¿cómo a la ignorancia humana le puede parecer bien lo que a Dios fue tan aborrecible?

Al tiempo de infundirse el alma en el cuerpo de esta divina Señora, quiso el Altísimo que su madre santa Ana sintiese y reconociese la presencia de la Divinidad por modo altísimo, con que fue llena del Espíritu Santo y movida interiormente con tanto júbilo y devoción sobre sus fuerzas ordinarias, que fue arrebatada en un éxtasis soberano, donde fue ilustrada con altísimas inteligencias de muy escondidos misterios y alabó al Señor con nuevos cánticos de alegría.

Y estos efectos le duraron todo el tiempo restante de su vida, pero fueron mayores en los nueve meses que tuvo en su vientre el tesoro del cielo, porque en este tiempo se le renovaron y repitieron estos beneficios más continuamente, con inteligencia de las Escrituras Divinas y de sus profundos sacramentos.

¡Oh dichosísima mujer, llámente bienaventurada y alábente
todas las naciones y generaciones del orbe!


De los hábitos, de las virtudes con que dotó el Altísimo el alma de María Santísima y las primeras operaciones que con ellas tuvo en el vientre de Santa Ana; y comienza Su Majestad misma a darme la doctrina para su imitación.


El impetuoso corriente de su Divinidad encaminó Dios a letificar esta Mística Ciudad (Sal., 45, 5) del alma santísima de María, tomando su corrida desde la fuente de su infinita sabiduría y bondad, con que y donde había determinado el Altísimo depositar en esta divina Señora los mayores tesoros de gracias y virtudes que jamás se vieron y eternamente no se darán a otra alguna criatura.

Y cuando llegó la hora de dárselos en posesión, que fue al mismo instante que tuvo el ser natural, cumplió el Omnipotente a su satisfacción y gusto el deseo que desde su eternidad tenía como suspendido hasta que llegase el tiempo oportuno de desempeñarse de su mismo afecto.

 Hízolo este fidelísimo Señor, derramando todas las gracias y dones en aquella alma santísima de María en el instante de su concepción en tan eminente grado, cual ninguno de los santos ni todos juntos pudieron alcanzar, ni con la lengua humana se puede
manifestar.

Pero aunque fue adornada entonces, como esposa que descendía del cielo (Ap., 21, 2), con todo género de hábitos infusos, no fue necesario que luego los ejercitase todos, mas de sólo aquellos que podía y convenían al estado que tenía en el vientre de su Madre.

En primer lugar fueron las virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, que tienen por objeto a Dios.

 Estas ejercitó luego, conociendo la divinidad por altísimo modo
de la fe, con todas las perfecciones y atributos infinitos que tiene, con la Trinidad y distinción de las personas; y no impidió este conocimiento a otro que se le dio del mismo Dios, como luego diré (Cf. infra n. 488-504).

Ejercitó también la virtud de la esperanza, que mira a Dios como objeto de la bienaventuranza y último fin, adonde luego se levantó y encaminó aquella alma santísima por intensísimos deseos de unirse con Él, sin haberse convertido a otro, ni estar sólo un instante sin este movimiento.

La tercera, virtud de la caridad, que mira a Dios como infinito y sumo bien, ejercitó en el mismo instante con tal intensión y aprecio de la divinidad, que no podrán llegar todos los Serafines a tan eminente grado en su mayor fuerza y virtud.

Las otras virtudes, que adornan y perfeccionan la parte racional de la criatura, tuvo en el grado correspondiente a las teologales; y las virtudes morales y naturales en grado milagroso y sobrenatural; y mucho más altamente tuvieron este grado en el orden de la gracia los dones del Espíritu Santo y frutos.

Tuvo ciencia infusa y hábitos de todas ellas y de las artes naturales, con que conoció y supo todo lo natural y sobrenatural que convino a la grandeza de Dios; de suerte que, desde el primer instante en el vientre de su Madre, fue más sabia, más prudente, más ilustrada y capaz de Dios y de todas sus obras, que todas las criaturas, fuera de su Hijo Santísimo, han sido ni serán eternamente.

Y esta perfección consistió no sólo en los hábitos que le fueron
infusos en tan alto grado, pero en los actos que les correspondían según su condición y excelencia y según en aquel instante los pudo ejercer con el poder Divino; que para esto ni tuvo límite, ni se sujetó a otra ley más de a su divino y justísimo beneplácito.

Y porque de todas estas virtudes y gracias y de sus operaciones, se dirá mucho en el discurso de esta Historia de la vida santísima de María, sólo expresaré aquí algo de lo que obró en el instante de su concepción, con los hábitos que se le infundieron y luz actual que con ellos recibió.

Con los actos de las virtudes teologales, como he dicho, y la virtud de la religión y las demás cardinales que a éstas siguen, conoció a Dios como en sí es y como a Criador y Glorificador; y con heroicos actos le reverenció, alabó y dio gracias porque la
había criado, y le amó, temió y adoró, y le hizo sacrificio de magnificencia, alabanza y gloria por su ser inmutable.

Conoció los dones que recibía, aunque con profunda humildad y postraciones corporales que luego hizo en el vientre de su Madre y con aquel cuerpecito tan pequeño.

Y con estos actos mereció más en aquel estado que todos los santos en el supremo de su perfección y santidad.

Sobre los actos de la fe infusa tuvo otra noticia y conocimiento del Misterio de la Divinidad y Santísima Trinidad. Y aunque no la vio intuitivamente en aquel instante de su concepción como bienaventurada, pero viola abstractivamente con otra luz y vista inferior a la visión beatífica, pero superior a todos los otros modos con que Dios se puede manifestar o se manifiesta al
entendimiento criado; porque le fueron dadas unas especies de la Divinidad tan claras y manifiestas, que en ellas conoció el ser inmutable de Dios y en Él a todas las criaturas, con mayor luz y evidencia que ninguna otra criatura se conoce por otra.

Y fueron estas especies como un espejo clarísimo en que resplandecía toda la Divinidad y en ella las criaturas; y así las vio y conoció todas en Dios con esta luz y especies de la Divina
naturaleza, con mayor distinción y claridad que por otras especies y ciencia infusa las conocía en sí mismas.

Y por todos estos modos le fueron luego patentes, desde el instante de su concepción, todos los hombres y los ángeles con sus órdenes, dignidad y operaciones y todas las criaturas irracionales con sus naturalezas y condiciones.

Y conoció la creación, estado y ruina de los ángeles; la justificación y gloria de los buenos y la caída y castigo de los malos; el estado primero de Adán y Eva con su inocencia; el engaño y la culpa y la miseria en que por ella quedaron los primeros padres, y por ellos todo el linaje humano; la determinación de la Divina voluntad para su reparo, y cómo se iba ya acercando y disponiendo el orden y naturaleza de los cielos, astros y planetas, la condición y disposición de los elementos; el
purgatorio, limbo e infierno; y cómo todas estas cosas, y las que dentro de sí encierran, habían sido criadas por el poder divino y por él mismo eran mantenidas y conservadas sólo por su bondad infinita, sin tener de ellas alguna necesidad (2 Mac., 14, 35).

Y sobre todo entendió muy altos sacramentos sobre el misterio que Dios había de obrar haciéndose hombre para redimir a todo el linaje humano, habiendo dejado a los malos ángeles sin este remedio.

Por todas estas maravillas que fue conociendo por su orden aquella alma santísima de María, en el instante que fue unida con su cuerpo, fue también obrando heroicos actos de las virtudes con incomparable admiración, alabanza, gloria, adoración, humillación, amor de Dios y dolor de los pecados cometidos contra aquel Sumo Bien que reconocía por autor y fin de tantas
obras admirables.

Ofrecióse luego en sacrificio aceptable para el Altísimo, comenzando desde aquél punto con fervoroso afecto a bendecirle, amarle y reverenciarle por lo que conocía le habían faltado de amar y reconocer así los malos ángeles como los hombres.

 Y a los Ángeles Santos, la que ya era Reina suya, les pidió la
ayudasen a glorificar al Criador y Señor de todos y pidiesen también por ella.

Manifestóle también el Señor en aquel instante a los Ángeles de Guarda que la daba; y los vio y conoció y les hizo benevolencia y obsequio, y los convido a que alternativamente con cánticos de loor alabasen al Muy Alto. Y les previno de que había de ser este oficio el que habían de ejercitar con ella todo el tiempo de la vida mortal, que la habían de asistir y guardar.

Conoció asimismo toda su genealogía y todo lo restante del Pueblo Santo y escogido de Dios, los Patriarcas y Profetas, y cuan admirable había sido Su Majestad en los dones, gracias y favores que con ellos había obrado.

 Y es digno de toda admiración que, siendo aquel cuerpecito,
en el primer instante que recibió el alma santísima, tan pequeño que apenas se pudieran percibir sus potencias exteriores, con todo eso, para que no le faltase alguna milagrosa excelencia de las que podían engrandecer a la escogida para Madre de Dios, ordenó su poder y diestra Divina que con el conocimiento y dolor de la caída del hombre llorase y derramase lágrimas en el vientre de su madre, conociendo la gravedad del pecado contra el sumo bien.

Con este milagroso afecto pidió luego, en el instante de su ser, por el remedio de los hombres y comenzó el oficio de medianera, abogada y reparadora; y presentó a Dios los clamores de los Santos Padres y de los justos de la tierra, para que su misericordia  no dilatase la salud de los mortales, a quienes miraba ya como hermanos.

 Y antes de conversar con ellos los amaba con ardentísima caridad y tan presto como tuvo el ser natural tuvo el ser su bienhechora, con el amor divino y fraternal que ardía en su abrasado corazón.

 Estas peticiones aceptó el Altísimo con más agrado que todas
las oraciones de los Santos y Ángeles, y le fue manifestado a la que era criada para Madre; del mismo Dios, aunque ignorando ella el fin; pero conoció el amor del mismo Señor y el deseo de bajar del cielo a redimir los hombres.

Y era justo que se diese por más obligado, para acelerar esta venida, de los ruegos y peticiones de aquella criatura por quien principalmente venía, y en quien había de recibir carne de sus mismas entrañas y obrar en ella la más admirable de todas sus obras y el fin de todas juntas.

Pidió también en el mismo instante de su concepción por sus padres naturales, Joaquín y Ana, que antes dé verlos con el cuerpo los vio y conoció en Dios y luego ejercitó en ellos la virtud del amor, reverencia y agradecimiento de hija, reconociéndolos por causa segunda de su ser natural.

Hizo también otras muchas peticiones en general y en: particular por diferentes causas. Y con la ciencia infusa que tenía compuso luego cánticos de alabanza en su mente y corazón, por haber hallado a la puerta, de la vida la dracma preciosa (Lc., 15, 9) que perdimos todos en nuestro primer principio.

Halló a la gracia que le salió al encuentro (Eclo., 15, 2) y a la divinidad que la esperaba en los umbrales de la naturaleza (Sab., 6, 15). Y sus potencias toparon en el instante de su ser al nobilísimo objeto que las movió y estrenó, porque se criaban sólo para Él; y habiendo de ser suyas en todo y por todo, se le debían las primicias de sus operaciones, que fueron el conocimiento y amor divino, sin que hubiese en esta Señora ser sin conocer a
Dios, ni conocimiento sin amor, ni amor sin merecimiento.

Ni en esto hubo cosa pequeña, ni medida con las leyes comunes y reglas generales.

Grande fue todo y grande salió de la mano del Altísimo para caminar, crecer y llegar hasta ser tan grande que solo Dios fuese mayor.

¡Oh qué hermosos pasos (Cant., 7, 1) fueron los tuyos, Hija del príncipe, pues con el primero llegaste a la divinidad! ¡Hermosa eres dos veces (Cant., 4, 1), porque tu, gracia y hermosura es sobre toda hermosura y gracia!
¡Divinos son tus ojos (Cant., 7, 4) y tus pensamientos son como la púrpura del Rey, pues llevaste su corazón y herido (Cant., 4, 9) de estos cabellos le enlazaste y le trajiste preso de tu amor al gremio de tu virginal vientre y corazón!

Aquí fue donde verdaderamente dormía la esposa del Rey y su corazón velaba (Cant., 5, 2). Dormían aquellos corporales sentidos, que apenas tenían su forma natural, ni habían visto la luz material del sol; y aquel divino corazón, más incomprensible por la grandeza de sus dones que por la pequeñez de su ser natural, velaba en el tálamo de su madre con la luz de la Divinidad que le bañaba y encendía en el fuego de su inmenso amor.

No era conveniente que en esta divina criatura obrasen primero las potencias inferiores que las superiores del alma, ni que éstas tuviesen operación inferior ni igual a otra criatura; porque, si el obrar corresponde al ser de cada cosa, la que siempre era superior a todas en la dignidad y excelencia, también había de obrar con proporcionada superioridad a toda criatura angélica y
humana.

 Y no sólo no le había de faltar la excelencia de los espíritus angélicos, que luego usaron de sus potencias en el punto de su creación, pero esta misma grandeza y prerrogativa se le debía a la que era criada para su Reina y Señora, y tanto con mayores ventajas, cuanto excede el nombre y oficio de Madre de Dios al de siervos suyos y el de Reina al de vasallos, porque a ninguno de
los ángeles les dijo el Verbo tú eres mi madre, ni alguno de ellos pudo decirle a él mismo tú eres mi hijo (He., 1, 5); sólo entre María y el eterno Verbo hubo este comercio y mutua correspondencia, y por ella se ha de medir e investigar la grandeza de María, como el Apóstol la de Cristo.

En escribir estos sacramentos del Rey (Tob., 12, 7), cuando ya es honorífico revelar sus obras, confieso mi rudeza y limitación de mujer; y me aflijo porque hablo con términos comunes y vacíos que no llegan a lo que entiendo en la luz que mi alma tiene de estos misterios.
Necesarias fueran, para no agraviar tanta grandeza, otras palabras, razones y términos particulares y propios, pero no los alcanza mi ignorancia; y cuando los hubiera, también sobrepujaran y oprimieran a la humana flaqueza.

Reconózcase, pues, inferior y desigual para fijar su vista en este sol divino que con rayos de divinidad sale al mundo, aunque encubierto de la nube del vientre materno de Santa Ana.

 Y si queremos todos que nos den licencia para acercarnos a la vista de esta maravillosa visión, lleguemos libres y desnudos: unos de la natural cobardía, otros del temor y encogimiento, aunque sea con pretexto de humildad; pero todos con suma devoción y piedad, lejos del espíritu de contención (Rom., 13, 13), y nos será permitido ver de cerca, en medio de la zarza, el fuego de la divinidad sin consumirla (Ex., 3, 2).

He dicho que el alma santísima de María, en el primer instante de su Purísima Concepción, vio abstractivamente la Divina esencia, porque no se me ha dado luz de que viese la gloria esencial; antes entiendo que este privilegio fue singular de la Santísima alma de
Cristo, como debido y consiguiente a la unión sustancial de la Divinidad en la Persona del Verbo, para que ni por sólo un instante dejase de estar con ella unida por las potencias del alma por suma gracia y gloria.

 Y como aquel hombre, Cristo nuestro bien, comenzó a ser
juntamente hombre y Dios, así comenzó a conocer a Dios y amarle como comprensor; pero el alma de su Madre Santísima no estaba unida sustancialmente a la divinidad y así no comenzó a obrar como comprensora, porque entraba en la vida a ser viadora.

Mas en este orden, como quien era la más inmediata a la unión Hipostática, tuvo también otra visión proporcionada y la más inmediata a la visión beatífica, pero inferior a ella, aunque superior a todas cuantas visiones y revelaciones han tenido las criaturas de la Divinidad fuera de su clara visión y fruición.

 Pero en algún modo y condiciones excedió la visión de la Divinidad que tuvo en el primer instante la Madre de Cristo a la visión clara de otros, en cuanto conoció ella más misterios abstractivamente que otros con visión intuitiva.

Y el no haber visto la Divinidad cara a cara en aquel punto de la concepción, no impide que después la viese muchas veces por el discurso de su vida, como adelante diré.

Doctrina que me dio la Reina del cielo sobre este capítulo.

En el discurso de lo que dejo escrito he dicho algunas veces cómo la Reina y Madre de Misericordia me había prometido que, en llegando a escribir las primeras operaciones de sus potencias y virtudes, me daría instrucción y doctrina para componer mi vida en el espejo purísimo de la suya, porque éste era el principal intento de esta enseñanza.

Y como esta gran Señora es fidelísima en sus palabras, asistiéndome siempre con su presencia divina al tiempo de declararme estos misterios, ha comenzado a desempeñarla en este capítulo y prevenir para hacerlo en lo restante que fuere escribiendo.
Y así guardaré este orden y estilo, que al fin escribiré lo que me enseñare Su Alteza, como lo ha hecho ahora, hablándome en esta forma:

Hija mía, de escribir los misterios y sacramentos de mi santísima vida, quiero que para ti misma cojas el fruto que deseas y que el premio de lo que trabajares sea la mayor pureza y perfección de tu vida, si con la gracia del Altísimo te dispones para imitarme, obrando lo que oyeres.

Esta es la voluntad de mi Hijo Santísimo, que extiendas tus fuerzas a lo que yo te enseñare, atendiendo con todo el aprecio de tu corazón a mis virtudes y obras.

Óyeme con atención y fe, que yo te hablaré palabras de vida eterna y te enseñaré lo más santo y perfecto de la vida cristiana y lo más aceptable a los ojos de Dios; con que desde luego te comenzarás a disponer mejor para recibir la luz en que te son patentes los ocultos misterios de mi vida santísima y la doctrina que deseas.

 Prosigue este ejercicio y escribirás lo que para esto te enseñare. Y ahora advierte.

 Acto es de justicia debido a Dios eterno, que la criatura, cuando recibe el uso de la razón, encamine su primer movimiento al mismo Dios, conociéndole para amarle, reverenciarle y adorarle como a su Criador y Señor único y verdadero.

 Y los padres por natural obligación deben instruir a sus hijos desde niños en este conocimiento, enderezándolos con cuidado, para que luego busquen su último fin y le topen con los primeros actos de la razón y voluntad.

Y debían con grande desvelo retirarlos de las parvuleces y burlas pueriles a que la misma naturaleza depravada se inclina, si la dejan sin otro maestro.

 Y si los padres y madres se anticipasen a prevenir estos engaños y torcidas costumbres de sus hijos y desde su niñez los fuesen informando, dándoles temprano noticia de su Dios y Creador, después se hallarían más hábiles para comenzar luego a conocerle y adorarle.

Mi Santa Madre, que ignoraba mi sabiduría y estado, hizo esto conmigo tan puntual y anticipada, que llevándome en su vientre adoraba en mi nombre al Criador, dándole por mí la suma reverencia y gracias debidas por haberme criado y le suplicaba me guardase, defendiese y sacase libre del estado que entonces tenía.

Deben asimismo los padres pedir a Dios con fervor que ordene con su Providencia cómo aquellas almas de los niños alcancen a recibir el Bautismo y sean libres de la servidumbre del pecado original.

Y si la criatura racional no hubiere reconocido y adorado al Criador con el primer uso de la razón, debe hacerlo en el punto que llegue a su noticia aquel ser y único bien, antes no conocido, por la fe.

Y desde este conocimiento debe trabajar el alma para nunca perderle de vista y siempre temerle, amarle y reverenciarle.

 Tú, hija mía, has debido a Dios esta adoración por el discurso
de tu vida, mas ahora quiero que la ejecutes y mejores, como yo te lo enseñare.

Pon la vista interior de tu alma en el ser de Dios sin principio ni término y mírale infinito en atributos y perfecciones y que sólo Él es la verdadera santidad, el sumo bien, el objeto nobilísimo de la criatura, el que dio ser a todo lo criado y sin tener de ello necesidad lo sustenta y gobierna.

 Es la consumada hermosura sin mácula ni defecto alguno, el que en amor es eterno, en palabras verdadero y en las promesas fidelísimo, y el que dio su misma vida y se entregó a los tormentos por el bien de sus criaturas sin habérselo alguna merecido.

En este inmenso campo de bondad y beneficios extiende tu vista y ocupa tus potencias, sin olvidarle ni desviarle de ti, porque, habiendo conocido tanto al sumo bien, es fea grosería y deslealtad olvidarle con aborrecible ingratitud, como lo sería la tuya si, habiendo recibido superior luz divina sobre la común y ordinaria de la fe infusa, se descaminase tu entendimiento y voluntad de la carrera del amor Divino.

 Y si alguna vez con flaqueza lo hicieres, vuelve luego a buscarla con toda presteza y diligencia, y humillada adora al Altísimo, dándole honor, magnificencia y alabanza eterna.

Y advierte que el hacer esto incesantemente por ti y por todas las demás criaturas, lo has de tener por oficio propio tuyo, en que quiero vivas cuidadosa.  Y para ejercitarte con más fuerza, confiere en tu corazón lo que conoces que yo hice y cómo aquella primera vista del sumo bien dejó herido mi corazón de amor, con que me entregué toda a Él para jamás perderle.

 Y con todo esto vivía siempre solícita y no sosegaba, caminando hasta llegar al centro de mis deseos y afectos; porque, siendo infinito el objeto, tampoco el amor ha de tener fin ni descansar hasta poseerle.

Tras el conocimiento de Dios y su amor, se ha de seguir el conocerte a ti misma, pensando y confiriendo tu poquedad y vileza. Y advierte que estas verdades bien entendidas, repetidas y ponderadas hacen divinos efectos en las almas.

—Oídas estas razones y otras de la Reina, dije a Su Majestad:

Señora mía, cuya soy esclava y a quien de nuevo para serlo me dedico y me consagro, no sin causa mi corazón por vuestra maternal dignación solícito deseaba este día, para conocer la inefable alteza de vuestras virtudes en el espejo de vuestras divinas operaciones y oír la dulzura de vuestras saludables palabras. Confieso, Reina mía, de todo mi corazón, que no tengo obra buena a quien corresponda este beneficio por premio; y ésta de escribir vuestra Vida Santísima juzgara por atrevimiento tan desigual, que si en ello no obedeciera a vuestra voluntad y de vuestro Hijo Santísimo, no mereciera perdón. Recibid, Señora mía, este sacrificio de alabanza, y hablad que vuestra sierva oye (1 Sam., 3,10). Suene, dulcísima Señora mía, vuestra suavísima voz en mis oídos (Cant., 2, 14), pues tenéis palabras de vida (Jn., 6, 69). Continuad, Dueña mía, Vuestra doctrina y luz para que se dilate mi corazón en este mar inmenso de Vuestras perfecciones y tenga digna materia de alabar al Todopoderoso.

 En mi pecho arde el fuego que Vuestra piedad ha encendido, para desear lo más santo, más puro y más acepto de la virtud a Vuestros ojos; pero en la parte inferior siento la ley repugnante de mis miembros al espíritu (Rom., 7, 23) que me retarda y embaraza y temo justamente no me impida el bien que Vos, piadosa Madre, me ofrecéis. Miradme, pues, Señora mía, como a hija, enseñadme como a discípula, corregidme como a sierva y compeledme como a esclava, cuando yo tardare o resistiere; que no deseo hacerlo de voluntad, pero reincidiré de flaqueza.

Yo levantaré la vista a conocer el ser de Dios y con su Divina gracia gobernaré mis afectos, para que se enamoren de sus infinitas perfecciones, y si le tengo no le dejaré (Cant., 3, 4).

Pero vos, Señora y Madre del conocimiento y del amor hermoso (Eclo., 24, 24), pedid a Vuestro Hijo y mi Señor no me desampare, por lo que se mostró liberalísimo en favorecer vuestra humildad (Lc., 1, 48), Reina y Señora de todo lo creado.





SANTA ANA Y MARÍA SANTÍSIMA































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