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jueves, 21 de mayo de 2015

LAS OBRAS MANIFIESTAS DE DIOS, DEL AMOR DE DIOS, TERMINAN CON PENTECOSTÉS…... MARÍA SANTÍSIMA ES EL ALTAR, Y SOBRE SU GLORIA SE HA POSADO LA GLORIA DEL SEÑOR...



Mensajes De Dios Al Mundo A Través de su profeta: Agustín del Divino Corazón.


Pedid con insistencia la presencia del Espíritu Santo

Mayo 30/09 (9:10 p. m.)

María Santísima dice:

Pedid constantemente la presencia y asistencia del Espíritu Santo.

Él desciende sobre aquellos que lo invocan.

El Espíritu Santo os enriquecerá con sus dones, con sus carismas.

 El Espíritu Santo aletea sobre la Iglesia en este final de los tiempos.

Iglesia que atraviesa una horrorosa crisis.

Iglesia que aparentemente se está desmoronando, se está derrumbando. Pero jamás podrá ser destruida, aniquilada porque fue Jesucristo quien la fundó, fue Jesucristo quien delegó poder, autoridad sobre Pedro, primer Papa; la Iglesia forma el Cuerpo Místico de Cristo, vosotros estáis en ella.

Sentíos orgullosos de ser católicos y sentíos orgullosos de profesar la verdadera fe.





El Espíritu Santo, Tercera Persona de la Santísima Trinidad, obra prodigios en las almas que lo invocan.
Pedid que os ilumine.
Pedid que os fortalezca.
Pedid que os dé sabiduría.
Pedid que os dé piedad y temor de Dios.

No os canséis de pedir la presencia del Espíritu Santo. El Espíritu Santo pondrá palabras en vuestro corazón y por ende en vuestros labios para que le alabéis, para que le adoréis, para que le rindáis los tributos que, esta Tercera Persona de la Santísima Trinidad se merece.

Muchas almas, muchos fieles de mi Iglesia le cortan sus alas, lo anclan, le impiden volar, lo encajonan.

Vosotros permaneced abiertos en recibir sus dones, en recibir sus gracias, en recibir sus carismas.

Hay tantos carismas que da el Espíritu Santo, muchísimas gracias concede el Espíritu Santo a las personas que lo invocan frecuentemente.

El Espíritu Santo descendió sobre mí, sobre los apóstoles en forma de lenguas de fuego en el día de Pentecostés.

 Pedid, vosotros lo mismo. Pedidle a Él que descienda, que os invada con su luz, que os abrase con su fuego.

 Tantos dones, tantos carismas enriquecieron a la Iglesia Primitiva.

Estáis viviendo la era del Espíritu Santo.

Él está soplando en los cuatro puntos cardinales:

De sur a norte, de oriente a occidente.
 Pedid que sople sobre vosotros. Pedid que expanda sus alas plateadas y os arrope con su fuego incandescente y enardecedor.

Muchas gracias sobrenaturales adornaron a los santos que hoy disfrutan de las delicias del Cielo prometido.



Dentro de esas gracias y esos dones especiales cito los siguientes:

La hierognosis, un don que Dios le concedió a algunas almas de distinguir lo Sagrado de lo profano.

La inedia que hace referencia al ayuno total, al ayuno voluntario. Muchos de estos santos se alimentaban únicamente de la Sagrada Eucaristía.

El perfume sobrenatural fue otro don que adornó a algunas almas de vida recta y de vida intachable, expelían de su cuerpo un aroma; aroma y fragancia especial que no se podría comparar con el aroma de la tierra.

La luminosidad es otro don: algunos santos su rostro despedían algunos rayos de luz luminosos;

La transverberación que se refiere a un herida de Amor en el corazón.

 La bilocación: estar en dos partes al mismo tiempo.

La levitación o suspensión en el aire;

La estigmatización, herida de Jesucristo en las manos, en
los pies y en el costado.

La traslación: llegar a un lugar en forma rapidísima.

Estos son dones especiales y particulares que se le concede a algunas almas.

Hay otros dones que enriquecen nuestra Iglesia:

 Oración en lenguas (glosolalia) e interpretación, curación, locución, palabra de conocimiento, profecía y los siete dones del Espíritu Santo que se reciben en el Bautismo, don de la revelación.

Sed constantes en pedir la presencia del Espíritu Santo.

Os recuerdo: estáis en la era del Espíritu Santo.

Os habla María, Madre de la Iglesia, que os quiere incorporar al Cuerpo Místico de Cristo.





Mensajes De Dios Al Mundo A Través de su profeta: María Valtorta



MARÍA VALTORTA CUADERNOS DEL 1943

25 de diciembre

Dice el Eterno Espíritu:

«Yo soy el Amor. No tengo  voz propia porque mi Voz está en toda la creación y más allá de ella.
Como el éter Yo inundo todo cuanto existe, enciendo como el fuego, circulo como la sangre.

Yo estoy en cada palabra de Cristo y florezco sobre los labios de la Virgen.
Yo purifico y hago luminosa la boca de los profetas y de los santos.

Yo soy Aquel que inspiró las cosas antes de que existieran, porque es mi poder el que, como latido, dio movimiento al pensamiento
creativo del Eterno.

Todas las cosas han sido hechas por Cristo, pero todas las cosas han sido hechas por Mí Amor, porque soy Yo quien con mi fuerza secreta moví al Creador a obrar el prodigio.

Yo existía cuando no existía nada y existiré cuando quede única mente el Cielo.

Yo soy el inspirador de la creación del hombre al que fue donado el mundo para su delicia, el mundo en el que, de los océanos a las estrellas, de las cumbres alpinas a las estrellas, está mi sello.

Yo seré quien ponga sobre los labios del último hombre la suprema invocación:

"¡Ven, Señor Jesús!".

Yo soy Aquél que para aplacar al Padre infundí la idea de la Encarnación y descendí, fuego creador, a hacerme germen en las entrañas inmaculadas de María, y volví a subir hecho Carne sobre la Cruz y de la Cruz al Cielo para estrechar en anillo de amor la nueva alianza entre Dios y el hombre, como en abrazo de amor había estrechado al Padre y al Hijo generando la Trinidad.

Yo soy Aquel que habla sin palabras, en cualquier lugar y en toda doctrina que tenga origen en Dios, Aquel que sin tocar abre ojos y oídos para oír lo sobrenatural, Aquel que sin mandato os trae de la muerte de la vida a la Vida en la Vida que no conoce límites.

El Padre está sobre vosotros, el Hijo en vosotros, pero Yo, Espíritu, estoy en vuestro espíritu y os santifico con mi presencia.

Buscadme en cualquier parte que haya amor, fe y sabiduría.

Dadme vuestro amor.

 La unión del amor con el Amor crea a Cristo en vosotros y os lleva al seno del Padre.

He hablado hoy que es el adviento del Amor sobre la Tierra, mi más alta manifestación, aquella de la que provienen redención e infusión pentecostal para la Tierra.

Mi Fuego more en vosotros y os encienda, recreándoos con Dios, en Dios y por Dios, Señor eterno, al que va dada toda alabanza en el Cielo y en la Tierra».




La venida del Espíritu Santo.
Fin del ciclo mesiánico.

María Valtorta: No hay voces ni ruidos en la casa del Cenáculo. No hay tampoco discípulos (al menos, no oigo nada que me autorice a decir que en otros cuartos de la casa estén reunidas personas).

Sólo se constatan la presencia y la voz de los Doce y de María
Santísima (recogidos en la sala de la Cena).

La habitación parece más grande porque los muebles y enseres están colocados de forma distinta y dejan libre todo el
centro de la habitación, como también dos de las paredes.

A la tercera ha sido arrimada la mesa grande que fue usada para la
Cena. Entre la mesa y la parecí, y también a los dos lados más estrechos de la mesa, están los triclinios usados en la Cena y el
taburete usado por Jesús para el lavatorio de los pies. Pero estos triclinios no están colocados verticalmente respecto a la mesa,
como para la Cena, sino paralelamente, de forma que los apóstoles pueden estar sentados sin ocuparlos todos, aun dejando
libre uno, el único vertical respecto a la mesa, sólo para la Virgen bendita, que está en el centro, en el lugar que Jesús ocupaba en la Cena.

No hay en la mesa mantelería ni vajilla; está desnuda, y desnudos están los aparadores y las paredes.
 La lámpara sí, la lámpara luce en el centro, aunque sólo con la llama central encendida, porque la vuelta de llamitas que hacen de corola a esta pintoresca lámpara está apagada.
Las ventanas están cerradas y trancadas con la robusta barra de hierro que las cruza. Pero un rayo de sol se filtra ardido por un agujerito y desciende como una aguja larga y delgada hasta el suelo, donde pone un arito de sol.

La Virgen, sentada sola en su asiento, tiene a sus lados, en los triclinios, a Pedro y a Juan (a la derecha, a Pedro; a la izquierda, a Juan). Matías, el nuevo apóstol, está entre Santiago de Alfeo y Judas Tadeo.
La Virgen tiene delante un arca ancha y baja de madera oscura, cerrada.
María está vestida de azul oscuro. Cubre sus cabellos un velo blanco, cubierto a su vez por el extremo de su manto Todos los demás tienen la cabeza descubierta.

María lee atentamente en voz alta. Pero, por la poca luz que le llega, creo que más que leer repite de memoria las palabras escritas en el rollo que tiene abierto.
Los demás la siguen en silencio, meditando. De vez en cuando responden, si es el caso de hacerlo.

El rostro de María aparece transfigurado por una sonrisa extática. ¡¿Qué estará viendo, que tiene la capacidad de encender sus ojos como dos estrellas claras, y de sonrojarle las mejillas de marfil, como si se reflejara en Ella una llama rosada?!:

Es, verdaderamente, la Rosa mística...





Los apóstoles se echan algo hacia adelante, y permanecen levemente al sesgo, para ver el rostro de María mientras tan
dulcemente sonríe y lee (y parece su voz un canto de ángel).

 A Pedro le causa tanta emoción, que dos lagrimones le caen de los
ojos y, por un sendero de arrugas excavadas a los lados de su nariz, descienden para perderse en la mata de su barba entrecana.

Pero Juan refleja la sonrisa virginal y se enciende como Ella de amor, mientras sigue con su mirada a lo que la Virgen lee, y,
cuando le acerca un nuevo rollo, la mira y le sonríe.

La lectura ha terminado. Cesa la voz de María. Cesa el frufrú que produce el desenrollar o enrollar los pergaminos.
María se recoge en una secreta oración, uniendo las manos sobre el pecho y apoyando la cabeza sobre el arca. Los apóstoles la
imitan...
Un ruido fortísimo y armónico, con sonido de viento y arpa, con sonido de canto humano y de voz de un órgano perfecto, resuena de improviso en el silencio de la mañana. Se acerca, cada vez más armónico y fuerte, y llena con sus vibraciones la Tierra, las propaga a la casa y las imprime en ésta, en las paredes, en los muebles, en los objetos.
La llama de la lámpara, hasta ahora inmóvil en la paz de la habitación cerrada, vibra como chocada por el viento, y las delgadas cadenas de la lámpara tintinean vibrando con la onda de sobrenatural sonido que las choca.

Los apóstoles alzan, asustados, la cabeza; y, como ese fragor hermosísimo, que contiene las más hermosas notas de los Cielos y la Tierra salidas de la mano de Dios, se acerca cada vez más, algunos se levantan, preparados para huir; otros se acurrucan en el suelo cubriéndose la cabeza con las manos y el manto, o dándose golpes de pecho pidiendo perdón al Señor; otros, demasiado asustados como para conservar ese comedimiento que siempre tienen respecto a la Purísima, se arriman a María.

El único que no se asusta es Juan, y es porque ve la paz luminosa de alegría que se acentúa en el rostro de María, la cual alza la cabeza y sonríe frente a algo que sólo Ella conoce y luego se arrodilla abriendo los brazos, y las dos alas azules de su manto así abierto se extienden sobre Pedro y Juan, que, como Ella, se han arrodillado.

Pero, todo lo que he tardado minutos en describir se ha verificado en menos de un minuto.
 Y luego entra la Luz, el Fuego, el Espíritu Santo, con un último fragor melódico, en forma de globo lucentísimo, ardentísimo; entra en esta habitación cerrada, sin que puerta o ventana alguna se mueva; y permanece suspendido un momento sobre la cabeza de María, a unos tres palmos de su cabeza (que ahora está descubierta, porque María, al ver al Fuego Paráclito, ha alzado los brazos como para invocarlo y ha echado hacia atrás la cabeza emitiendo un grito de alegría, con una sonrisa de amor sin límites).






Y, pasado ese momento en que todo el Fuego del Espíritu Santo, todo el Amor, está recogido sobre su Esposa, el Globo Santísimo se escinde en trece llamas cantarinas y lucentísimas -su luz no puede ser descrita con parangón terrenal alguno-, y desciende y besa la frente de cada uno de los apóstoles.

Pero la llama que desciende sobre María no es lengua de llama vertical sobre besadas frentes:

Es corona que abraza y nimba la cabeza virginal, coronando Reina a la Hija, a la Madre, a la Esposa de Dios, a la incorruptible Virgen, a la Llena de Hermosura, a la eterna Amada y a la eterna Niña; pues que nada puede mancillar, y en nada, a Aquella a quien el dolor había envejecido, pero que ha resucitado en la alegría de la Resurrección y tiene en común con su Hijo una acentuación de hermosura y de frescura de su cuerpo, de sus miradas, de su vitalidad... gozando ya de una anticipación de la belleza de su glorioso Cuerpo elevado al Cielo para ser la flor del Paraíso.

El Espíritu Santo rutila sus llamas en torno a la cabeza de la Amada. ¿Qué palabras le dirá? ¡Misterio! El bendito rostro aparece transfigurado de sobrenatural alegría y sonríe con la sonrisa de los serafines, mientras ruedan por las mejillas de la Bendita lágrimas beatíficas que, incidiendo en ellas la Luz del Espíritu Santo, parecen diamantes.

El Fuego permanece así un tiempo... Luego se disipa... De su venida queda, como recuerdo, una fragancia que ninguna flor terrenal puede emanar... es el perfume del Paraíso...
Los apóstoles vuelven en sí... María permanece en su éxtasis.

Recoge sus brazos sobre el pecho, cierra los ojos, baja la
cabeza... nada más... continúa su diálogo con Dios... insensible a todo... Y ninguno osa interrumpirla.

Juan, señalándola, dice:

-Es el altar, y sobre su gloria se ha posado
 La Gloria del Señor...

-Sí, no perturbemos su alegría. Vamos, más bien, a predicar al Señor para que se pongan de manifiesto sus obras y palabras en medio de los pueblos - dice Pedro con sobrenatural impulsividad.

-¡Vamos! ¡Vamos! El Espíritu de Dios arde en mí - dice Santiago de Alfeo.
-Y nos impulsa a actuar. A todos. Vamos a evangelizar a las gentes.
Salen como empujados por una onda de viento o como atraídos por una vigorosa fuerza.

Dice Jesús (a María Valtorta):
-Aquí termina esta Obra que mi amor por vosotros ha dictado, y que vosotros habéis recibido por el amor que una criatura ha tenido hacia mí y hacia vosotros.
Ha terminado hoy, conmemoración de Santa Zita de Luca, humilde sirvienta que sirvió a su Señor en la caridad en esta Iglesia de Luca, ciudad a la que Yo, desde lugares lejanos llevé a mi pequeño Juan para que me sirviera en la caridad y con el mismo amor de Santa Zita hacia todos los infelices.
Zita daba pan a los menesterosos, recordando que en cada uno de ellos estoy Yo, y que vivirán gozosos a mi lado aquellos que hayan dado pan y bebida a los que tienen sed y hambre.

María-Juan ha dado mis palabras a los que flaquean envueltos en la ignorancia, en la tibieza o en la duda sobre la Fe, recordando que la
Sabiduría dijo (Sabiduría 3, 1-9; Daniel 12, 3-4) que brillarían como estrellas en la eternidad aquellos que con fatiga se esforzaran en dar a conocer a Dios, dando gloria a su Amor dándolo a conocer a muchos y haciendo que muchos lo amen.
Y ha terminado hoy, día en que la Iglesia eleva a los altares a María Teresa Goretti, (María Teresa Goretti, más conocida como María Goretti, mártir de la pureza (1890-1902), beatificada el 27 de Abril de 1947 y canonizada en 1950) pura azucena de los campos que vio su tallo quebrado cuando todavía era capullo su corola -¿por quién quebrado, sino por Satanás, envidioso ante ese candor más esplendoroso que su antiguo aspecto de ángel?-, quebrado por ser flor consagrada al Amador divino.
Virgen y mártir, María, de este siglo de infamias en que se mancilla incluso el honor de la Mujer, escupiendo baba de reptiles negadora del poder de Dios de dar una morada inviolada a su Verbo, que, por obra del Espíritu Santo, se encarnaba para salvar a los que en Él creyeran.
También María-Juan es mártir del Odio, que no quiere que mis maravillas sean celebradas con esta Obra, arma que tiene poder para arrebatarle muchas presas.
Pero también María-Juan sabe, como sabía María Teresa, que el martirio fueren cuales fueren su nombre y su aspecto- es llave para abrir sin dilación el Reino de los Cielos para aquellos que lo padecen como continuación de mi Pasión.

La Obra ha terminado. Y, con su fin, con la venida del Espíritu Santo, se concluye el ciclo mesiánico, que mi Sabiduría ha iluminado desde sus albores (la Concepción inmaculada de María) hasta su terminación (la venida del Espíritu Santo). Todo el ciclo mesiánico es obra del Espíritu de Amor, para quien sabe ver bien.

Cabal, pues, el haberlo empezado con el misterio de la inmaculada Concepción de la Esposa del Amor, y el haberlo concluido con el sello de Fuego Paráclito puesto en la Iglesia de Cristo.

Las obras manifiestas de Dios, del Amor de Dios, terminan con Pentecostés. Desde entonces, continúa ese misterioso obrar de Dios en sus fieles, unidos en el Nombre de Jesús en la Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica, Romana; y la Iglesia -o sea, la asamblea de los fieles -pastores, ovejas y corderos- puede continuar su camino sin errar, por la continua, espiritual operación del Amor en sus fieles.
El Amor, Teólogo de los teólogos, Aquel que forma a los verdaderos teólogos, que viven abismados en Dios y tienen a Dios dentro de sí -la vida de Dios dentro de sí por la dirección del Espíritu de Dios que los guía-, los verdaderos "hijos de Dios" según el concepto de Pablo. (Romanos 8, 14-17)

Y al término de la Obra debo poner una vez más el lamento que he colocado al final de cada uno de los años evangélicos. Y en mi dolor de ver despreciado mi don os digo:

"No recibiréis más, porque no habéis sabido acoger esto que os he dado".

Y digo también las palabras que os hice llegar el pasado verano para llamaros de nuevo al camino recto:

“No me veréis hasta que no llegue el día en que digáis:

Bendito el que viene en nombre del Señor”.





Mensajes De Dios Al Mundo A Través de su profeta: Ana Catalina Emmerick


El sagrado día de Pentecostés

Toda la sala del Cenáculo estaba, la víspera de la fiesta, adornada con plantas en cuyas ramas se colocaron vasos con flores.

 Guirnaldas verdes colgaban de uno y otro lado de la sala. Las puertas laterales estaban abiertas; sólo la entrada principal del portón estaba cerrada.
 Pedro estaba revestido de sus vestiduras episcopales con capa adornada, delante de la cortina del Santísimo, debajo de la lámpara, donde había una mesa cubierta de paño blanco y rojo con rollos escritos.

Frente a Pedro, cerca de la entrada del vestíbulo, estaba María cubierta con el velo, y detrás de ella, las otras santas mujeres.

Los apóstoles hallábanse en dos hileras, a ambos lados de la sala, con el rostro vuelto hacia Pedro.

 Detrás de los apóstoles, en las salas laterales, estaban los discípulos de pie, para formar el coro en el canto y en la oración.

Cuando Pedro bendijo los panes y los distribuyó, primero a María Santísima, luego a los apóstoles y discípulos, cada uno le besaba la mano. T .a Virgen Santísima también lo hizo.

 Estaban presentes en la sala del Cenáculo ciento veinte personas, sin contar a las santas mujeres.

A medianoche se sintió una conmoción extraordinaria en toda la naturaleza, que se comunicó a los que estaban junto a las columnas y en las salas laterales, en profunda devoción, orando con los brazos cruzados sobre el pecho.
 Una sobrenatural tranquilidad  y sensación de quietud se esparció por toda la casa, y en los alrededores reinaba religioso silencio.

Hacia la mañana he visto sobre el Huerto de los Olivos una nube blanca, resplandeciente, bajando del cielo en dirección al Cenáculo.

A distancia era como una bola redonda cuyo movimiento acompañaba un vientecillo suave y reconfortante. Al acercarse se hizo como una nube resplandeciente sobre la ciudad; luego se fue
comprimiendo sobre Sión y sobre la sala del Cenáculo. A medida que se comprimía la nube se volvía más brillante y transparente. Se detuvo; luego, como impulsada por un viento impetuoso, descendió.

Al sentir esta conmoción muchos judíos que habían visto la nube, corrieron, espantados, al templo. Yo misma me senti, como una niña, invadida de temor, y buscaba donde esconderme para cuando estallara la tempestad, pues todo el conjunto tenía semejanza a lo que sucede cuando se desencadena una súbita tempestad; sólo que esta venía del cielo y no de la tierra, en lugar de oscura era toda luz, y en vez de tronar marchaba zumbando como un viento.

 Este viento se esparció como suave y confortadora corriente de luz. La nube luminosa descendió sobre el Cenáculo y con el zumbido del viento se torno más brillante.

Yo veía la casa y su alrededor cada vez más resplandecientes.

Los apóstoles, los discípulos y las santas mujeres se sentían más
conmovidos y silenciosos.

De pronto de la nube luminosa en movimiento partieron rayos blancos con ímpetu sobre la casa y sus contornos, en siete lineas que se cruzaban y se deshacían hacia abajo en rayos más delgados y en gotas como de fuego.
 El punto donde los siete rayos se cruzaban estaba rodeado de un arco iris.

Apareció una figura luminosa y movible que tenía unas alas a modo de rayos de luz.

En ese momento estuvieron la casa y los contornos llenos de luz y de resplandor.

La lámpara de cinco brazos ya no daba luz.

 Los presentes estaban corno arrebatados; levantaron sus cabezas
a lo alto. como sedientos, abriendo la boca. En la boca de cada uno de ellos entraron torrentes de luz. como lenguas de fuego. Parecía que aspirasen esas llamas, sedientos, y que sus deseos se dirigían al encuentro de esas llamas.



Sobre los discípulos y las mujeres, que estaban en el vestíbulo, también se derramaron estas llamas, y de este modo la nube preñada de luz se deshizo poco a poco a medida que echaba sus rayos sobre los congregados en el Cenáculo.

 He visto que estas llamas descendían sobre cada uno de los presentes en diversas formas, colores y cantidad.

Después de esta lluvia maravillosa estaban todos reanimados, ardorosos, como fuera de sí por el gozo. Llenos de santo arrebato.

Todos rodearon a María Santísima, a la cual vi durante este tiempo tranquila, en santo recogimiento.

Los apóstoles se abrazaron, llenos de entusiasmo: unos a otros se decían: "¿Qué eramos nosotros? ... ; ¿Qué somos ahora? . . . "

También las santas mujeres se sintieron animadas y se abrazaban.

Los discípulos que estaban en los alrededores se sintieron conmovidos y los apóstoles fueron hacia ellos.

En todos había una nueva vida, llena de contento, de confianza y santa audacia Esta alegría se exteriorizo en acciones de gracias.

Se reunieron en oración y dieron gracias a Dios muy conmovidos.

Mientras tanto la luz había desaparecido.

Pedro hizo entonces una exhortación a los discípulos y envió a varios de ellos a diversos albergues donde se reunían los convidados para las fiestas de Pentecostés.

Entre el Cenáculo y la piscina de Bethesda había varios galpones y lugares abiertos que servían de dormitorios para los muchos forasteros que acudían a las fiestas de Pentecostés.

 Habían recibido ellos también impresiones de la venida del Espíritu Santo.

En toda la naturaleza había un movimiento inusitado de alegría.

Personas bien intencionadas habían recibido internas ilustraciones; los malos se asustaron más y se endurecieron en sus perversos intentos.

 Muchos de estos forasteros estaban desde las fiestas de Pascua. Pues la distancia de sus pueblos no les permitía ir y volver para esas fiestas.
Habían oído y visto maravillas desde la fiesta de Pascua, se mostraban muy adictos a los discípulos, y éstos les decían ahora que se habían cumplido las cosas prometidas para la fiesta de Pentecostés.

Entonces comprendieron por que se sintieron también ellos conmovidos, y se reunieron con los discípulos en torno de la piscina de Bethesda.

En el Cenáculo, Pedro impuso las manos sobre cinco apóstoles, los cuales debían instruir y bautizar en la piscina de Bethesda.

Eran: Santiago el Menor, Bartolomé, Matías, Tomás y Judas Tadeo.

En esta consagración tuvo Judas una visión:

Le pareció que abrazaba el cuerpo de Cristo con sus brazos cruzados sobre el pecho.

Al partir para bendecir el agua y bautizar en la piscina de Bethesda, recibieron de rodillas la bendición de la Virgen María.

Antes de la Ascensión, la solían recibir de pie.

He visto repetir este acto de obsequio a María en los días siguientes, antes de salir y entrar en el Cenáculo.

La Virgen María llevaba en estas ocasiones, y siempre que aparecía delante de los apóstoles en su dignidad de Madre de la Iglesia, un gran manto blanco un velo amarillo y dos cintas de color azul celeste que desde la cabeza caían a ambos lados hasta el suelo: estaba adornado de bordados y sobre la cabeza sujeto con las cintas por una corona de seda.










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